La Leyenda del Intrépido Ratón – Capítulo 1

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1. Vuelta a las andadas

Bienvenido, lector, a esta segunda parte de mis peripecias y aventuras; en el caso de que se las puede llamar así, ya que alguno, no sin razón, las calificaría más acertadamente como desventuras. Si has seguido la primera parte de mis memorias, narradas en La Balada del Escudero Bufón, sabrás que me llamo Bufón y que tengo el honor de ser el escudero de Cerian Dagan, famoso héroe y aventurero, según sus propias palabras. También recordarás que, a pesar de la fallida boda de mi señor, yo me hice con una importante suma de dinero, lo suficiente como para vivir bien una temporada o, incluso, para establecerme en cualquier parte del reino de Salora y empezar una nueva vida.

Esa fue mi idea, lo juro. Sin embargo, supongo que también serás consciente de que el oro, cuando caía en nuestras manos, se convertía en una especie de humo esquivo y tan volátil que se escapaba con suma facilidad de entre los dedos, sin ninguna posibilidad de retenerlo. Por lo tanto, no te extrañará descubrir que en muy poco tiempo gastamos hasta la última moneda. Sí, todo. Y lo hicimos en lo de siempre: fiestas alocadas, malas compañías y partidas de cartas desastrosas. Derrochábamos sin pudor.

Según saltábamos de pueblo en pueblo y de taberna en taberna, nosotros no mostrábamos ninguna preocupación, ni siquiera al ser conscientes de que el peso de nuestra bolsa se aligeraba a un ritmo preocupante, por no decir alarmante. Para nada. Estábamos convencidos de que aparecería alguna buena oportunidad para seguir prosperando. Éramos gente con recursos, dos buscavidas que habíamos sobrevivido a multitud de vicisitudes y superado todas las trabas que la vida les había puesto delante.

Esta confianza empezó a disminuir en mí con el paso de los días. Lo hizo al mismo ritmo al que nuestras monedas desaparecían. Fui consciente de que, con ese derroche, era cuestión de tiempo que nos encontrásemos otra vez en mitad de un camino, privados de un techo donde guarecernos y sin nada que llevarnos a la boca. Estaba claro que había que encontrar un nuevo lugar donde asentarnos, pero para ello era fundamental conseguir una nueva fuente de ingresos.

Sin llegar a pasar más de dos noches en el mismo sitio, nuestros pasos nos llevaron a alejarnos de la región de los Valles del Din. Habíamos enfadado a demasiada gente, entre ellos al hermano de mi señor, y era aconsejable poner unas cuantas leguas entre nosotros y todos los damnificados por la frustrada boda de Cerian. Tampoco podíamos acercarnos a la ciudad de Darona, a pesar de que aún conservábamos algunos amigos allí. Debido a nuestras correrías, la guardia de esta ciudad nos había advertido que, si poníamos un pie dentro de sus murallas, nos encerrarían en la celda más oscura que tuvieran. Así que decidimos viajar hacia la parte más septentrional de reino de Salora en busca de algún lugar en donde nuestra reputación no nos precediese.

Mi intención era llegar a Serinto, una ciudad importante, tanto que rivalizaba con Ledrin, la capital del reino, en historia y grandeza. Todo el mundo nos decía que se trataba de un lugar lleno de oportunidades. Así que me esmeré en intentar moderar el despilfarro con la idea de llegar hasta allí antes que quedarnos sin ninguna moneda.

Bueno, ésa era mi idea. Simple y sencilla. Y, en un principio, también era la de mi señor. Pero claro, todos conocemos a Cerian. Su determinación era fuerte, inquebrantable… pero a ratos. Siempre aparecía algo que se cruzaba en su camino y le hacía olvidar todo lo demás. Ése, y no otro, fue el único motivo por el cual terminamos entre las sombras de un sucio y oscuro callejón de una fría y oscura noche de finales de otoño. Estábamos en la ciudad de Setobro, una urbe con cierto renombre, pero un escalón por debajo de las anteriormente mencionadas Ledrin, Serinto y Darona. 

Creo, sin equivocarme, que el inicio de estas nuevas aventuras habría que establecerlo en ese momento y en ese lugar concreto. Aunque quizás nuestro destino ya estaba fijado de antemano, todo lo que vino después se precipitó, en mayor o menor medida, por lo que ocurrió esa noche.

Recuerdo que estábamos amparados en la oscuridad, apostados en una arcada que daba acceso a un edificio de piedra. Nuestro objetivo estaba en el enorme palacio que teníamos justo enfrente. Yo, para variar, estaba nervioso y expectante. Cerian, por el contrario, permanecía con aire aburrido a mi lado. Ambos llevábamos observando un buen rato, más o menos desde que las calles se vaciaron tras la puesta de sol y sólo quedó el silencio a nuestro alrededor. La espera se estaba haciendo excesivamente larga. Con un poco de suerte, nos volvíamos a casa sin tener que colarnos donde no nos correspondía.

Una luz apareció de repente en una de las ventanas superiores. Desapareció y volvió a aparecer un par de veces más, como si alguien portara una vela encendida y pusiera y quitara la mano delante para ocultar la llama sólo un instante. Ésa era la señal convenida. Mis esperanzas de no meternos en problemas se desvanecieron en ese momento.

Me adelanté, crucé la calle y llegué hasta una pequeña puerta de servicio medio oculta entre unas enredaderas que trepaban por la pared del edificio. Saqué la pequeña llave que mi señor me había confiado y abrí con ella la cerradura. Asomé la cabeza en el interior: estaba todo bastante oscuro, pero no parecía que hubiera nadie. Eso era buena señal.

Salí de nuevo y le hice señas a mi señor. Éste se acercó dando grandes zancadas, pisando tan fuerte que parecía una carga de caballería.

—Silencio —le pedí en un susurro cuando llegó a mi altura.

—¿Qué? —preguntó Cerian usando un volumen de voz bastante más alto del que me gustaría.

—No haga ruido.

—Si me hablas así de bajo, Bufón, no te entiendo —replicó mi señor sin moderar el tono.

Meneé la cabeza y dejé la estúpida discusión. Preferí centrarme en lo que teníamos delante. Después de meternos dentro, cerré la puerta a mi espalda con cuidado de no hacer demasiado ruido.

Aunque las tinieblas se extendían por todas partes a mi alrededor, todavía podía distinguir algo del lugar. Por la disposición de los muebles, supuse que nos encontrábamos en las cocinas del palacio. Guie a mi señor tratando de no hacer ruido, siempre atento a cualquier sonido, a la aparición de algún movimiento furtivo en la oscuridad.

Y, entonces, me detuve. Un ruido a mi espalda. Me giré, raudo, con todos los sentidos alerta…

Era mi señor. Había dejado de seguirme y se había acercado a una mesa. En sus manos se apreciaban una botella de vino y dos vasos. No sé ni cómo los consiguió, apenas se veía nada a nuestro alrededor.

—¿Una copita? —me ofreció.

—Señor, es peligroso… —objeté, preocupado.

—Tranquilo, Bufón —me dijo enarcando una ceja y sonriendo—. Está todo controlado. Tendremos el camino libre, me lo ha asegurado. Relájate y bebe conmigo.

Me encogí de hombros. Aunque me quejase de lo inapropiado del momento, nunca le decía que no a un trago de vino.

Al final fueron tres las copas que cayeron en nuestra tripa antes de reanudar nuestro camino. Sentí cómo el calorcillo del vino empezaba a surtir efecto en mis entrañas. Esto hizo que me envalentonara un poco mientras atravesaba pasillos vacíos, dejando a un lado mi tendencia natural a avanzar con cuidado. Así, en poco tiempo, alcanzamos unas grandes y ostentosas escaleras que nos llevarían a los pisos superiores. Después fuimos hasta la cuarta puerta por la izquierda, ésa era la indicada.

Cerian se arregló las ropas brevemente y llamó a la puerta con los nudillos. Los dos esperamos pacientemente unos instantes, hasta que se abrió la puerta. Apareció ante nosotros una bella mujer madura. Iba vestida sólo con un camisón que dejaba entrever más de lo que el decoro recomendaba.

He dicho antes que a veces aparecía algo que provocaba que Cerian tomase un rumbo totalmente diferente al que yo había planeado y que, casi siempre, terminaba en un auténtico desastre para mis aspiraciones de una vida tranquila y decente. En este caso, y como en casi todos, ese «algo» era una mujer. Bastó una sonrisa bonita, una melena dorada y unos ojos de color miel para poner patas arriba nuestra precaria existencia.

La dueña de tales atributos, de nombre Neleida, era una acaudalada mujer que vivía en la villa de Setobro. Nuestros caminos se cruzaron en una posada, cuyo nombre no recuerdo, cuando nos dirigíamos hacia Serinto. Mi señor se había quedado prendado de ella casi al instante. Ésta, aunque algo más mayor que él, también se había encaprichado. Todo era perfecto. Sin embargo, había un problema, un detalle nimio e insignificante en boca de mi señor, aunque muy importante a mi entender: ella estaba casada.

El marido, Fasiano de Verua, era alguien muy rico e importante dentro de Setobro. De hecho, esa noche se había ausentado para acudir a una cena con el mismísimo Gobernador de la ciudad. Neleida había argumentado que el dolía la cabeza y que, desgraciadamente, no podría asistir. Así que, con el acceso libre, mi señor aprovechó para colarse dentro con una llave que ésta le había proporcionado previamente.

En toda esta operación mi principal misión, como buen escudero que yo era, consistía en guiarle hasta la alcoba sin que éste sufriera ningún percance por el camino. Tengo que reconocer que me sentí orgulloso de un trabajo bien hecho. Llevé a mi señor a nuestro destino sin tener ningún contratiempo.

—Bufón, custodia esta puerta con tu vida —me ordenó Cerian guiñándome un ojo mientras se metía dentro de la habitación arrastrado por las manos de Neleida.

La puerta se cerró con un leve portazo. Me quedé sólo en el pasillo y a oscuras, escuchando los ruidos gozosos que hacía la pareja al otro lado de la pared.

Ante esta situación, alguien absolutamente leal a mi señor no se hubiera movido de ese lugar por ninguna razón, hubiera permanecido alerta y le hubiera avisado de cualquier contratiempo. Sin embargo, alguien más juicioso hubiera argumentado que lo mejor era convencer a Cerian para no haber entrado en una casa ajena de la forma en la que lo habíamos hecho, salir cuanto antes de ahí y así evitarnos problemas con el dueño del palacio. Pero claro, yo no era ni leal ni mucho menos juicioso, así que, una vez que la puerta se hubo cerrado, comencé mi «otra» misión. Aunque para mi señor era secundaria, para mí era la más importante.

Bajé de nuevo las escaleras y llegué hasta las cocinas. Saqué un pequeño saco de entre mis ropas y comencé a echar en él todo aquello a lo que pudiéramos hincar el diente. Como yo sabía lo que ocurría con Cerian cada vez que hacíamos el reparto de un botín, yo iba echándome en el buche una de cada dos cosas que encontraba; ya sabéis, para compensarlo. Evidentemente, para pasarlo todo le daba un tiento al vino que, admitámoslo, era excelente. Debo añadir que su origen posiblemente fuera arano, no tenía constancia de que en todo el reino de Salora hubiera caldos tan buenos como ése.   

Yo no acostumbraba a tener problemas con la bebida. Solía contenerme. Sin embargo, ese día, como había degustado ya tres copas con mi señor, reconozco que se me subió un poco a la cabeza. Me entró una especie de estúpida euforia en donde la mesura desapareció. A pesar de que ya notaba mis movimientos más torpes que al principio, no paré. Seguí echando cosas al saco sin dejar de beber.

Un ruido.

Escuché el quejido estridente de una puerta que se abría. No había duda de que unos goznes habían chirriado. Por cómo lo hacía y de dónde venía el sonido, sólo podía corresponder con la puerta principal del palacio.

Salí de las cocinas con sumo cuidado. Bueno, como yo creía que ese momento que era con cuidado. Choqué con una silla y también con un par de paredes. Por algún misterioso motivo, mi caminar no era tan recto y silencioso como debería serlo. No obstante, llegué a la base de las grandes escaleras sin toparme con nadie en mi camino. En ese momento, por éstas ascendía un grupo de unos ocho o diez hombres, todos armados como palos, y comandados por el señor de la casa, más conocido por Cerian y un servidor como «Fasiano el cornudo». 

Al parecer, Fasiano el cornudo y sus hombres no me habían visto, pero iban directos hacia la alcoba de la señora de la casa. Y yo no podía llegar hasta mi señor sin pasar por delante de sus narices. Para solventar este tipo de problemas, Cerian y yo habíamos inventado un sistema que consistía en que yo lanzase un guijarro contra la puerta de la habitación. Ésa sería la señal para indicarle que había problemas y que debería huir.

En otros casos mi puntería había funcionado perfectamente, desde esa distancia yo daba en el blanco sin problemas. Sin embargo, esa noche, y debido a mi notorio estado de embriaguez, erré mi disparo. Mi pifia se convirtió en desastre cuando ese guijarro se desvió más de la cuenta y terminó impactando en el sitio más insospechado: en la frente de mencionado Fasiano el cornudo en un momento en que éste se giró para decirle algo a uno de sus acompañantes.

Tengo que reconocer que, en cierta medida, logré mi propósito, pues dejaron de subir las escaleras. Sin embargo, me convertí en su objetivo cuando todos alzaron la cabeza en busca del origen de tan certero disparo. 

Como yo estaba borracho, no se me ocurrió hacer algo tan sensato como esconderme después de lanzar la piedra. No. Yo me quedé ahí plantado con cara de bobo.

—¡Mierda! —El exabrupto se me escapó sin querer. Fue como si algo dentro de mí se empeñara en que me vieran.

—¡Prendedle! —gritó uno de ellos señalando en mi dirección.

Tardé en reaccionar. Los vi bajar los escalones de tres en tres en mi dirección. Cuando mis piernas se atrevieron a moverse, los tenía ya casi encima. Lancé el saco con mi botín a la cara del primero de ellos y eché a correr en dirección a las cocinas. Tropecé por el camino con todos los muebles que me salieron al paso. Algunos ralentizaron mi avance, pero otros molestaron a mis perseguidores cuando cayeron al suelo tras mi estampida desesperada.

Mi idea consistía en llegar hasta la puerta por la que habíamos entrado y huir de allí. Sí, iba a abandonar a Cerian. No tenía ningún remordimiento. Debo dejar clara una cosa: el objetivo principal de un ser tan cobarde como yo era sobrevivir. Mi señor se las apañaría. Siempre lo hacía.

Sin embargo, ese simple plan de huida se desbarató cuando descubrí que por las cocinas aparecía otro hombre armado con un madero, cerrándome el paso hacia el exterior. Rectifiqué mi trayectoria cuando vi que un tremendo palazo fue lanzado en mi dirección. Lo esquivé como pude y no me detuve. En esa dirección sólo quedaba una escapatoria: seguir de frente por el pasillo.

No sabía dónde terminaría. Estaba todo muy oscuro y no distinguía si había alguna salida por allí. Mientras corría despavorido, miraba hacia todas partes, sin apenas tiempo para distinguir el interior de las salas que se abrían a los lados del pasillo. En cuanto divisase cualquier escapatoria, aunque fuese una ventana, no dudaría en aprovecharla.

Desemboqué en unas escaleras estrechas que también ascendían. Todo apuntaba a que debían ser algún tipo de acceso utilizado por el servicio. Trepé desesperado hasta alcanzar el piso superior. El corazón me latía con tal intensidad que pensé que se me iba a salir del pecho. Pero no podía detenerme, no en ese momento en el que sentía al menos a dos hombres a mi espalda.

Cuando llegué arriba, seguí corriendo por un nuevo y estrecho corredor. Atravesé un par de salas hasta aparecer de nuevo en el amplio pasillo de las habitaciones. Alcé la cabeza y me encontré con Fasiano y el resto de sus hombres en la otra punta, junto a las otras escaleras. Creo que ese fue el momento exacto en el que se me pasó la borrachera de puro terror.

Entre ellos y yo sólo había media docena de puertas que daban a las habitaciones. Una de las más cercanas a mi posición era tras la que se escondían mi señor y Neleida. No lo dudé, corrí y entré antes de que llegasen los hombres. Cerré la puerta a mi paso.

Pillé a Cerian poniéndose las botas. Estaba desnudo de cintura para arriba. Cerca de él se encontraba la señora de la casa. Ambos me miraron horrorizados.

—¿Qué haces aquí? —me preguntó mi señor.

No le respondí. Corrí directo hacia las ventanas.

—¡Socorro! —empezó a gritar la señora—. ¡Ladrones!

—¿En serio? —inquirió Cerian mirándola anonadado.

Neleida no le respondió. Simplemente se encogió de hombros dejando claro que, en ese momento, para ella lo importante era solventar esa apurada situación.

No le reprocho nada, yo era de la misma opinión. En esas circunstancias lo importante era sobrevivir. De hecho, mi obsesión era encontrar una salida de esa habitación antes de que entraran mis perseguidores. Pero, a excepción de las ventanas, no había otras vías de escape. Abrí una de ellas en el momento en el que sentí a mi espalda que entraba gente en la habitación. Me encaramé al alféizar y me quedé un instante parado tras ver la considerable altura que me separaba del oscuro suelo de la calle.

Dudé un instante qué hacer. Fue eso, un instante, porque enseguida apareció Cerian. Me agarró a la carrera y juntos nos precipitamos al vacío.       

La caída no fue muy ortodoxa. No me rompí nada, pero fue dolorosa para mis articulaciones. La de Cerian tampoco fue mejor. Sin embargo, por suerte para él, cayó en blando. Es decir, que aterrizó prácticamente sobre mí. Esto posibilitó que se incorporase mucho antes que yo.

—¡No te quedes ahí tirado! —me recriminó mientras se alejaba—. ¡Corre!

Me abstengo de reproducir todos los insultos que en ese momento se pasaron por mi cabeza. Tampoco tuve tiempo para gritárselos. Eché un vistazo hacia atrás y comprobé horrorizado que algunos de los amigos de Fasiano el cornudo ya habían salido del edificio por la puerta y se dirigían hacia mí en actitud hostil.

Me incorporé dando trompicones y empecé a correr detrás de mi señor. Giramos por un par de calles oscuras con intención de despistarlos. Sin embargo, no conseguíamos alejar a nuestros perseguidores de nuestro rastro.

Setobro era una urbe bastante moderna, con un trazado de calles llevado a cabo con la precisión y la minuciosidad de los arquitectos e ingenieros del viejo Imperio talenio. Eso parece bueno si quieres administrar una cuidad populosa y evitar el hacinamiento. Pero si eres un despojo humano que va huyendo desesperado, no me encontraba en el lugar más recomendable para ello. ¡No había un maldito agujero en donde esconderse! 

Eché la vista atrás mientras corría: había uno de ellos, uno que era bastante joven y de patas largas, que claramente tenía una zancada mayor. En nuestra persecución ya aventajaba en un par de cuerpos a sus compañeros y, lo más preocupante, se acercaba peligrosamente a nosotros. Estaba claro que era cuestión de tiempo que me alcanzase a mí, pues Cerian todavía mantenía la distancia.

Visto que no tenía muchas posibilidades de escapar, opté por una solución drástica: en el siguiente cruce, cuando mi señor giró a la derecha, yo hice lo propio, pero a la izquierda. Con un poco de suerte se irían todos detrás de él y a mí me dejarían en paz. Sí, lo admito, es cobarde y mezquino, pero cuando las cosas se tuercen, ya os he comentado que yo soy de la opinión de que es mejor que los palos se los lleve otro, en especial aquel que estaba disfrutando de las atenciones de la esposa del cornudo.

Sin embargo, esa noche no tuve suerte ni en eso. La mayoría de los perseguidores se fueron detrás de Cerian. Pero hubo uno que no. Y sí, era ese bastardo de zancada poderosa.

Noté su aliento al acercarse por mi espalda. Como sabía que era cuestión de tiempo que me cazase, decidí imitar algo que solía hacer Cerian en situaciones parecidas. Cuando sentí que mi perseguidor estaba muy próximo, amagué para irme hacia un lado y luego giré rápidamente hacia el otro. Esto lo desconcertó brevemente, lo suficiente para que yo ganase algo de tiempo, el necesario para recuperar algo de resuello y plantarme con los pies bien afianzados en el suelo.

—Si en algo estimas tu vida, será mejor que te largues de aquí —le dije con el tono más amenazador que pude. Para dar más énfasis a mis palabras, afiancé mi mano en el puño de la espada.

El hombre de las largas zancadas se me quedó mirando. Como arma sólo portaba un palo nudoso y robusto de una vara de longitud. Dudó. Miró a su alrededor sin saber muy bien qué hacer. Por un instante pensé que iba a darse la vuelta y huir. Pero fue efímero. Ambos escuchamos ruidos de pisadas acercándose a la carrera. Eran dos de sus compañeros, y también portaban largos y amenazantes maderos. Mi adversario sonrió y me miró con gesto torvo.

—Vosotros lo habéis querido… —dije dando un paso hacia delante. Pero me detuve y hablé como si hubiera alguien detrás de ellos—. No se preocupe señor, yo me ocupo de éstos.

Los tres hombres miraron a la vez hacia atrás. Cuando comprobaron que allí no había nadie, yo ya corría con todas mis fuerzas en la otra dirección.

Sí, lo sé. Ésa era otra acción rastrera más en mi bagaje. Pero mi única idea en ese momento era librarme de una paliza. Era perfectamente consciente de que no bastaría para escapar y que tenía que encontrar otra manera de despistarlos, pero me sirvió para ganar tiempo hasta hallarla. Mientras corría aterrado, miraba a ambos lados de la calle en busca de algo, pero allí sólo había casas con las puertas y ventanas cerradas.

Detecté movimiento más adelante. Alguien venía corriendo hacia mí en medio de la oscuridad. Cuando se hizo más visible, descubrí que, en efecto, se trataba de mi señor. Y detrás de él venían otros cuatro tipejos.

—¿Dónde te habías metido? —me espetó Cerian cuando nos encontramos. Ambos detuvimos nuestra carrera a la vez.

—No pude seguir el ritmo y le perdí de vista en algún cruce —mentí descaradamente.

—Pues estos cuatro que me han perseguido sí lo han hecho —me recriminó sin mirar atrás.

—Será mejor que nos acompañéis, muchachos —dijo uno de los perseguidores de mi señor. Se habían refrenado y ahora trataban de rodearnos—. Hay alguien que quiere hablar con vosotros.

—¿Y si no me apetece? —replicó Cerian mientras desenvainaba su espada. Yo hice lo propio y me quedé vigilando la espalda de mi señor.

—Os obligaremos a venir —respondió el hombre sopesando el recio palo que tenía por arma.

—Soy Cerian Dagan —dijo mi señor con tono altivo—. Y ningún palurdo de mierda me va a obligar a nada.

Esa actitud superior, propia de un noble, nos había salvado de muchos problemas en otras ocasiones. Sin embargo, en este caso, no parecía que fuese a resultar.

—¿Cómo me has llamado, muchacho?

—Palurdo de mierda —replicó Cerian—. ¿Es que no lo entiendes? ¿O es que también eres tonto?

El interpelado no esperó, se lanzó al ataque enarbolando su palo en un movimiento de arriba abajo. Cerian le esquivó en el último instante, fintó y le hizo la zancadilla cuando el otro intentó corregir su ataque. El hombre cayó al suelo pesadamente. Antes de que pudiera levantarse, tenía la punta de la espada de Cerian en su espalda.

—Muévete y te ensarto, palurdo —dijo mi señor.

Los otros seis hombres reaccionaron tarde. Se habían quedado tan petrificados como yo, viendo el rápido desenlace del combate. Comenzaron a dar pasos, cerrando el círculo a nuestro alrededor.

—También va por vosotros —continuó mi señor—. Si os acercáis, lo mato.    

Detuvieron su avance. Se miraron unos a otros, dudando qué hacer.

—Largaos y decidle a vuestro señor que, si tiene un problema conmigo, que venga cara a cara y sin su chusma. Le reto a un duelo.    

—¿Un duelo? —preguntamos todos a la vez.

—Un duelo por el amor de Neleida —repitió Cerian—. Quien venza, obtendrá su amor. Quien pierda, morirá.

Ninguno de los seis hombres se movió. Se miraban entre ellos, aunque terminaban fijándose en el que estaba en el suelo, como si éste fuera el líder. Cerian también se percató y clavó un poco la punta de la espada.

—¡Haced lo que dice! —exclamó el hombre con la voz ronca.

Lentamente, con desgana, se alejaron sus compañeros. Desaparecieron por una calle lateral sin dejar de mirar hacia nuestra dirección.

Esperamos un poco hasta comprobar que se habían alejado. Después Cerian retiró la espada de la espalda del hombre.

—Levántate, con cuidado —le ordenó mi señor—. No dudaré en matarte.

El hombre obedeció de mala gana. Le guiamos un rato, mientras nos alejábamos del lugar y pensábamos qué hacer con él. Mi señor también estuvo dando vueltas a su pequeño e improvisado plan.

—Si le venzo en el duelo y le mato, toda la fortuna pasará a su mujer, ya que no tienen hijos —meditó Cerian mientras andábamos—. Eso ayudaría con nuestros problemas de solvencia.

—¿Y si no acepta? —inquirí.

—¿Cómo no va a aceptar? —replicó Cerian—. ¿Qué talenio íntegro puede rechazar un duelo por el amor de una dama?

—Yo —admití.

—Tú no eres un talenio íntegro, sólo eres un escudero —me dijo mi señor con desdén—. Eres afortunado en ese sentido.

—¿Afortunado? —pregunté enarcando una ceja.

—Sí, claro —afirmó Cerian—. No tienes las obligaciones que tenemos los nobles. Podéis rebajaros y humillaros sin que afecte a vuestra reputación. Pase lo que pase, seguirá siendo nula.

Iba a responderle con una serie de improperios e insultos, todos propios de alguien tan «afortunado» como yo. Sin embargo, fui interrumpido justo antes de abrir la boca. 

—¡Están allí! —escuchamos una voz que hizo que los tres girásemos la cabeza.

Apareció un nutrido grupo de hombres al fondo, en la otra punta de la calle por la que transitábamos. Casi todos iban armados con palos, excepto dos que iban armados con sendas espadas. Al frente de ellos estaba Fasiano el cornudo. Un enorme huevo, fruto de mi pedrada, empezaba a asomar en la parte frontal de sus sienes. Era como si estuviera emergiendo la punta de un pequeño cuerno. Se me escapó un amago de risa que, supongo, estaría fundamentado en que todavía estaba bajo los efectos del vino. Cerian me miró extrañado sin entender mi comportamiento. Luego centró toda su atención en el grupo que venía hacia nosotros.

—¡Atrás! —gritó apuntando con su espada a nuestro rehén—. Si osáis acercaros, lo mataré.    

—Hazlo. Es un inútil —replicó con desgana el marido de Neleida. Hizo una seña a sus acompañantes—: Moledlos a palos.

—¡Espera, espera! —gritó mi señor a la desesperada—. Te reto a un duelo, un duelo por el amor de Neleida.

—¿Para qué? —Fasiano el cornudo se encogió de hombros algo confundido por la oferta.

—Si lo rechazas, tus hombres verán lo cobarde que eres y tu mujer te despreciará por ello —insistió mi señor.

—Lo que opinen mis hombres me da lo mismo y mi mujer ya me despreciaba antes —afirmó el hombre. Luego se giró de nuevo a sus hombres—: Dadles tal paliza que no los reconozca ni las furcias que parieron a este par de piojosos. Pero no los matéis. Esa parte me la reservo yo.

Mi señor y yo nos miramos a la cara. Fue breve. No hizo falta más. Nos conocíamos demasiado bien para no necesitar articular palabra en algo tan obvio para nosotros.

Empujamos a nuestro ya inútil rehén contra los demás y echamos a correr en dirección contraria. Fue sin pudor y sin disimulo. Mi señor se olvidó rápidamente de todas las tonterías que había dicho un instante antes acerca de la reputación de los nobles y demás.

El cornudo y sus amigos fueron detrás de nosotros. Estaba claro que se habían propuesto apalearnos esa noche y no parecía que fueran a desistir de su intento.

No avanzamos demasiado cuando avistamos un nuevo problema en la otra punta de la calle: una patrulla de seis guardias de la ciudad venía en nuestra dirección. Lo hacían paseando tranquilamente y con aire distraído. Puede que viniesen atraídos por el jaleo que estábamos armando o quizás la casualidad los llevó hasta nosotros. Nunca lo sabré. Lo cierto es que nos cortaron el paso y echaron mano de sus espadas al ver a esa pequeña multitud que se les venía encima.

Yo me quedé horrorizado, pensando que de esa no podíamos escapar. Siendo Fasiano el cornudo alguien importante en la ciudad, lo más normal es que los guardias siguieran su camino sin entrometerse o incluso que participasen en la paliza.

Sin embargo, mi señor, me sorprendió con una de sus ideas absurdas y desesperadas.

—¡Están locos! —gritó a los soldados según se acercaba a ellos—. ¡Quieren tomar el cuartel de la guardia!

—¿Qué?, ¿por qué? —inquirió uno que parecía ser el oficial al mando de esa tropa.

—No lo sé, pero hay que detenerlos —aseguró Cerian—. ¡Ya vienen! ¡Socorro!

—Colóquense detrás de nosotros —nos pidió el oficial mientras desenvainaba su espada. Después habló al cornudo y sus hombres cerrándoles el paso—: ¡Deténganse ahora mismo!

Mientras los soldados se enfrentaban a nuestros perseguidores, nosotros nos apartamos sumisamente. Dimos un paso hacia atrás, luego otro e incluso un tercero. Y echamos a correr de nuevo antes de que Fasiano el cornudo terminase de explicar que él no tenía intención de asaltar ni el cuartel de la guardia ni nada parecido. Para cuando quisieron salir de nuevo en nuestra búsqueda, ya estábamos muy lejos de allí.  

Hicimos un tortuoso recorrido por las calles, evitando las vías principales de la ciudad, hasta que llegamos a la habitación en donde nos alojábamos. La noche ya tornaba a su fin, aunque el sol todavía no había comenzado a asomarse por encima de los tejados. Mi señor se tumbó en la cama, tranquilo y despreocupado. Se le veía tan cansado que no se quitó ni las botas. Se quedó dormido casi enseguida; unos suaves ronquidos así lo atestiguaban.

Pero yo no podía conciliar el sueño. Estaba sentado en el suelo de madera y sin dejar de pensar que, para variar, teníamos demasiados problemas. Me veía otra vez arrastrándonos por los caminos, pasando hambre, durmiendo a la intemperie y sin saber si ese día sería el último de mi vida. No entendía cómo habíamos vuelto a las andadas otra vez. ¡Otra vez! Si yo mismo me había prometido que no repetiría esos errores que casi hacen que muera un buen puñado de veces.

Intenté relajarme, pensar con calma y buscar algo a lo que agarrarme para no caer en el pozo de la desesperación. Y encontré un pequeño asidero: todavía había un lugar donde guarecernos, aún no habíamos perdido la habitación en donde estábamos. Cuando nos establecimos en Setobro, alquilamos esa vivienda gracias a los generosos obsequios de Neleida. No obstante, he de admitir que también se acabaría pronto: nos quedaban diez días hasta que tuviéramos que hacer frente al pago de la siguiente mensualidad. Si no encontrábamos dinero para entonces, nos echarían a la calle. Pero me quedé con la parte positiva: no había que desesperar, diez días eran suficientes para encontrar una solución.

Es curiosa la vida, tiene un sentido del humor extraño, por no decir terrible. Y es que a veces, cuando crees que las cosas no pueden ir peor, ésta va y te sorprende. Eso mismo fue lo que nos ocurrió esa aciaga madrugada. Un rato después de llegar, cuando todavía no me había conseguido que el sueño me llevara, escuchamos ruidos fuera de nuestra habitación, como de gente que discutía en la escalera. Y era tan alto que hasta Cerian se despertó.

—¡Les prohíbo tajantemente que entren en este edificio! —rugió la voz de nuestro casero—. ¡Esto es del todo inapropiado!    

—¡Apártate, viejo! —gritó otra voz que, sin lugar a duda, correspondía al cornudo marido de Neleida—. ¡Sé que están aquí!

—¡No sé a quién se refiere, pero le aseguro que aquí sólo vive gente decente! —replicó nuestro casero.

—¡Quita de en medio! —tronó la voz de Fasiano zanjando la discusión.

En lo que duró esta pequeña y tensa conversación, nosotros habíamos recogido nuestras escasas pertenencias y las habíamos metido en un saco. Escuchamos las fuertes pisadas subiendo por los escalones, como si fuera una estampida que se acercase inexorablemente hacia nuestra puerta. Mientras tanto, salíamos al pequeño balconcito de nuestra habitación y nos encaramábamos a la barandilla para subir hasta la siguiente planta.

Se oyó un fuerte golpe. Luego un segundo. Al tercero, la puerta se abrió con violencia, tanto que se salió de sus goznes.  

—¡Por la ventana! —oímos un grito alzarse entre la tremenda algarabía que se había formado a nuestra espalda.

Conseguí encaramarme en el balconcillo que estaba justo encima del nuestro, no sin esfuerzo, pues tuve que hacerlo a pulso y acarreando un pesado saco a la espalda. Pero no pudimos descansar ni un instante, enseguida escuchamos la voz de Fasiano el cornudo.

—¡Subid a la siguiente planta! —gritaba exaltado—. ¡Cortadles el paso!

No nos quedó más remedio que seguir ascendiendo de balconada a balconada hasta llegar al tejado. Y de allí, a correr como podíamos pisando con cuidado las tejas. Y no era nada fácil, pues entre la espada que portaba al cinto y el saco con nuestros exiguos recursos, resultaba bastante complicado moverse por ese inclinado terreno. Aproximadamente, partí al menos diez tejas en mi desesperada carrera. Cerian, que avanzaba con menos cuidado que yo, duplicó mi cuenta. Ruego me perdonen los dueños de las viviendas que, por nuestra culpa, tendrían unas molestas goteras en los días siguientes…  

Continuando con nuestra huida, yo echaba un vistazo de vez en cuando a la tremenda distancia que nos separaba del suelo y me entraban sudores fríos. Aunque fueron menos que cuando escuché alzarse una voz.

—¡Por allí! 

Miré hacia atrás y descubrí a cuatro hombres que se estaban encaramando al tejado. Iban armados y su actitud no era precisamente amistosa.

Apretamos el paso, si es que se podía hacer eso por ese terreno inestable e inclinado por el que nos movíamos.

Cualquiera podría pensar que éramos dos locos e insensatos muchachos que se metían constantemente en líos. No lo niego. Pero también deberíais saber que éramos moderadamente conscientes de ello, tanto que mi señor, una vez que hubimos alquilado nuestra vivienda, me había obligado a recorrerme los tejados en busca de posibles rutas de escape por si se daban alguna situación incómoda, como ésta, que nos obligase a huir de forma precipitada.

Por eso, cuando llegamos al siguiente edificio, nos asomamos con cuidado al borde del tejado y nos dejamos caer por la primera balconada. Las ventanas estaban entreabiertas, tal y como las habíamos dejado nosotros. Las cerramos tras nuestro paso, las atrancamos y atravesamos una estancia que sabíamos que nadie usaba desde hacía tiempo, estaba llena de muebles viejos y polvo acumulado. No nos detuvimos, salimos por una puerta que estaba en el otro extremo de la estancia. Bajamos corriendo las escaleras y escapamos por una puerta que daba a un callejón de la parte trasera.

Desaparecimos tranquilamente entre el gentío de la ciudad que despertaba.Como podéis comprobar, queridos lectores, lejos de aprender de nuestras experiencias, lo único que sabíamos hacer era repetir las mismas estupideces, una y otra vez. No se podía negar que en eso éramos unos condenados expertos.

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