Volver a La Balada del Escudero Bufón
1. Un bufón llamado Bufón
Antes de comenzar a narrar mi historia, me gustaría presentarme: soy Bufón. No quiero decir que despectivamente se rían así de mí, sino que ése es exactamente mi nombre, Bufón. Tampoco hay que extrañarse, es como otro cualquiera, ni mejor ni peor. De hecho, no he sido el único, procedo de una larga lista familiar de bufones en todos los sentidos: mi padre se llamaba Bufón, igual que mi abuelo, mi bisabuelo, tatarabuelo… Y digo bien en todos los sentidos porque es a lo que nos hemos dedicado: somos eso, bufones. Siempre hemos servido fielmente a la familia Dagan, haciendo reír a grandes y pequeños con nuestras chanzas y cabriolas.
Antaño, hace muchas generaciones, en mi familia había nombres tradicionales, variopintos y comunes. Sin embargo, todo el mundo nos llamaba por lo que éramos, bufones, independientemente de nuestro nombre real. Por tanto, dejamos de molestarnos en darnos un nombre normal, puesto que nadie lo iba a utilizar. Pero esta simplificación a la larga traía un problema, ¿cómo diferenciaban entre padres e hijos al llamarnos? Muy fácil, por el complemento. Me explico: el Bufón Alto, el Bufón Gordo, el Bufón Delgado, el Bufón Joven, el Bufón Viejo, el Bufón Borracho, el Bufón Tonto o el Bufón Bajito. Yo, fiel a la tradición, también recibí un epíteto, aunque el mío no tenía nada que ver ni con mi morfología ni con mi personalidad: yo fui llamado el «Último Bufón». Conmigo, para lo bueno y para lo malo, se acabó esa larga estirpe de bufones ligada a la noble y esplendorosa casa Dagan.
Este relato que apenas acaba de empezar trata de las peripecias, desventuras y estupideces que acaecieron después de salir del hogar de mis antepasados. Sin embargo, todavía no voy a contarlas. Antes querría hablar de mi padre y de lo que representó para mí, porque fue un gran bufón, de los mejores que he visto en mi vida. Era muy culto, con una lengua rápida y afilada como un látigo, aunque sazonada por un gran repertorio de chistes que podía hacer reír al más serio de la sala. También sabía contar antiguas leyendas, trasmitidas de padres a hijos desde tiempos inmemoriales, que enternecían al más duro de corazón: algunas trataban sobre viejos reyes enmohecidos que, aunque amasaban grandes tesoros, nunca conseguían saciar su hambre de riquezas; otras eran historias de nobles héroes caídos en desgracia al apartarse del camino, algunas veces cegados por el amor, otras por la venganza, y también conocía algunos relatos de tristes y bellas princesas, las cuales se marchitaban y esperaban eternamente a su valiente príncipe, el cual habría perecido en alguna heroica y olvidada batalla. Por si no fuera poco, era la única persona a quien había visto hacer juegos malabares con dos tazas, cuatro platos y tres cuchillos a la vez que te contaba un chiste sobre un cerdo que entraba en una taberna y pedía una jarra de cerveza.
Pero por encima de todo eso, y de muchas otras cosas que se me habrán olvidado, era un buen padre. Desde que murió mi madre, poco después de nacer yo, cuidó de mí y me enseñó su oficio. Estaba cuando le necesitaba, siempre atento y cariñoso. Me protegió y me enseñó a ser buena persona. Yo tenía la sensación de que él podía hacer cualquier cosa que se propusiese.
Era mi héroe.
Evidentemente, no era un hombre perfecto, tenía sus debilidades como todos. Su gran problema eran las apuestas. Si se le incitaba adecuadamente, se dejaba llevar por los demonios y era capaz de jugarse cualquier cosa. Y esto es lo que le llevó a su perdición. En una fiesta, en la que la mayoría había bebido demasiado, no tuvo otra ocurrencia que jurar por el alma de sus ancestros que era capaz de comerse veinte huevos duros antes de que su señor se bebiese un azumbre de cerveza. Yo no pude verlo, era muy niño y ya estaba en la cama durmiendo cuando sucedió el desafío. Lo que sé de aquel día es por lo que me contó la gente tiempo después. Todo el mundo coincidía en que fue muy bien hasta el huevo número doce. A partir de ese punto, la cosa se complicó. Su señor iba a buen ritmo engullendo cerveza, siempre había sido un excelente bebedor. Mi padre tuvo que reaccionar, él no podía perder. Cambió a una estrategia más agresiva: comenzó a meterse los huevos en la boca de dos en dos, engullendo y sin apenas masticar. Fue arriesgado, muy temerario. Su cara se puso peligrosamente colorada, pero consiguió meterse en la boca el último de todos. Y lo hizo antes de que su señor terminase la ingesta de cerveza. Lamentablemente, ya no masticó más. Su cara pasó del rojo al morado y se echó las manos a la garganta. Estuvieron mucho tiempo intentando sacarle todos los huevos del tragadero, pero no lo lograron. El infeliz murió asfixiado por veinte huevos.
Patético.
Hasta muerto es capaz de sacarme una sonrisa en la cara al pensarlo.
Así que con apenas diez años me quedé sólo e indefenso en este mundo. De repente, yo era el único bufón de la familia Dagan, y se esperaba que entretuviese a toda la casa. Pero sólo era un niño con cara triste que apenas hacía reír. Es una cosa que tiene que salir de dentro, y uno no estaba preparado para esa responsabilidad. Resultaba muy lamentable verme con mi estúpido sombrero de cascabeles y mis calzas de rayas verdes y amarillas; todos recordaban la trágica muerte de mi padre, se ponían tristes y yo no sabía cómo sacar una sonrisa de sus labios. En el resto de las labores de mi puesto tampoco me iba demasiado bien, sólo me sabía algunos cuentos, y nadie quería volverlos a escuchar por enésima vez de mis labios. Con los malabares apenas era capaz de mover tres piedras a la vez sin que se me cayesen. Las acrobacias se me daban algo mejor, pero resultaban insuficientes para satisfacer al público.
No obstante, a pesar de mi manifiesta incapacidad para entretener a la gente, mi señor me mantuvo en el puesto de bufón. Él era el único que se reía cada vez que se me caían las tres piedras y siempre me pedía que le repitiese las dos estúpidas historias que me sabía, aunque él las recordase mejor que yo. Creo que el anciano se sentía culpable por la desgraciada muerte de mi padre; a su manera, intentó compensarme. Me dio la misma educación que a sus hijos, tanto que me acogió como uno más. Sin embargo, a éstos no parecía hacerles mucha gracia. Para el mayor, Legen, mi presencia era como un insulto a toda su estirpe, y así lo expresaba cada vez que tenía ocasión. El pequeño, Cerian, se comportaba más afablemente, pero siempre para luego gastarme bromas pesadas y de mal gusto.
No me puedo quejar de esa época, si ignoramos el desprecio de los hijos de mi señor, no fueron malos años. Me concentré en aprender y en convertirme en un bufón digno de la memoria de mi padre. Gracias al maestro de historia, me empapé bien de una gran variedad de leyendas, cuentos y baladas que poder contar junto al fuego en las noches más frías y oscuras. Con los maestros de equitación y de esgrima, pude ampliar mi repertorio de piruetas y acrobacias para amenizar las tardes de verano. Con los malabares no avancé mucho, por desgracia no tenía a mano a nadie que me instruyese.
El hecho de estar todo el día aprendiendo no me hizo descuidar mis obligaciones, yo era el bufón oficial de la casa Dagan y tenía que seguir entreteniendo a todos. Me especialicé en la realización de justas. Olvidad la imagen de un guerrero con lanza y armadura sobre un poderoso caballo en un duelo a vida o muerte contra otro jinete en iguales condiciones. Era mucho más… bufonesco. Yo lo hacía montado a horcajadas sobre un cerdo e iba armado con una escoba. Lo mejor eran mis contrincantes: luchaba contra gallinas chillonas, perros gruñones y algún que otro gato despistado. Conseguí hacer reír, no como para olvidar a mi padre, pero sí lo suficiente para que no se pusieran tristes en mi presencia.
Pasaron los años y alcancé la mocedad. Yo no era muy alto, más bien bajito para mi edad. Hay que ser consciente de que la estirpe de los bufones nunca fue de gran envergadura. Pero, a pesar de esto, el cerdo se me quedó pequeño. Me vi obligado a cambiar de montura y conseguí que mi señor me dejase un viejo burro que ya no servía para trabajar en el campo. Mis otrora oponentes, como las gallinas o los perros, tampoco ya me valían, tuve que sustituirlos y, tras mucho pensarlo, me decanté por los muñecos de paja y los monigotes de madera del maestro de esgrima. Como éstos, por sí solos, eran bastante sosos, entrené al maldito pollino para que me diese coces, e incluso para que me robase mi espada de madera. Seguía siendo incapaz de hacer complicados malabares, pero a la gente le gustaban mis nuevos números y seguían riéndose conmigo. Parecía que la vida me sonreía y que tenía un futuro tranquilo y apacible en la casa Dagan.
Pero todo lo bueno tiene un final, y en este caso amargo. Mi señor, el protector de mi infancia, quien se apiadó de mí cuando me quedé solo, murió una noche de repente. Era ya anciano, pero como yo siempre le veía jovial y con una sonrisa en la boca, no percibí cómo la enfermedad le iba carcomiendo por dentro.
El hijo mayor de mi señor heredó el título de Excelso, las tierras y el castillo, pero no el buen humor, y mucho menos la amabilidad de su padre. El día después del funeral, sin tiempo para que se enfriase el cadáver de su padre, mi nuevo señor se dedicó a reorganizar la noble casa Dagan.
—Aquí no hay lugar para los holgazanes —me dijo muy serio—. Debes irte.
—Pero yo soy útil, mi señor —repliqué mostrando la mejor de mis sonrisas—. Entretengo y divierto a los habitantes del castillo.
—Mi padre fue un hombre bondadoso —dijo con las manos a la espalda y mirando al horizonte, como si diera un discurso ante un nutrido público—, pero no era un gran gestor de su hacienda. El dinero se iba en vino, fiestas y en dar de comer a haraganes sin ningún provecho. Todo esto se acabó. A partir de ahora se cena en silencio y después a la cama nada más ponerse el sol. Todo el que no realice tareas de provecho se irá de aquí.
—Yo puedo trabajar en cualquier cosa —aseguré.
—¿Sabes cocinar?
—No.
—¿Arar? ¿Sembrar?
—Tampoco.
—¿Cazar? ¿Pescar? ¿Buscar setas?
—Ehh…
—¿Has trabajado en la herrería? ¿En los establos? ¿Con los perros?
—Aprendo rápido —dije desesperado sin perder mi sonrisa optimista—. Puedo empezar como aprendiz de lo que sea. Me adapto a lo que necesite de mí la gran casa Dagan.
—No necesitamos nuevos aprendices, tenemos demasiados, ¿qué sabes hacer aparte de ponerte ese estúpido sombrero y saltar como un imbécil?
La sonrisa se borró de mi cara. En ese momento cambié a una técnica más agresiva: Rogué. Le supliqué llorando de rodillas, hasta le besé las botas.
Tras patearme la cara con desgana, se fue sin mirar atrás.
Dos guardias de mi señor me ayudaron a recoger mis cosas. Esto fue muy rápido, pues me explicaron que nuestro nuevo y bondadoso señor consideraba que no había hecho méritos para poseer nada, ni siquiera mis zapatos, ni menos una camisa. Intenté resistirme, pero ellos eran dos y mucho más fuertes que un servidor.
Pero no se conformaron con eso. Según su punto de vista, tampoco me pertenecían los calzones a rayas verdes y amarillas que yo siempre usaba. Luché con todas mis fuerzas para mantener mi honor y, principalmente, para no terminar completamente desnudo. Como vi que esa batalla la tenía perdida, decidí que el honor estaba sobrevalorado, era más importante conservar los pantalones. Hice una cosa desesperada: me meé encima. Fue asqueroso, sí, lo admito. Pero resultó. Los dos guardias cambiaron de opinión, ya no les apeteció quitarme los calzones, decidieron que me los podía llevar puestos.
Esos mismos hombres me acompañaron hasta el bosque, en el confín de las tierras de mi señor. Uno de ellos, cuyo nombre era Catelo, trazó una línea en el suelo con un palo. Allí me dejaron con la amenaza de que, si alguna vez traspasaba esa línea, y volvía a pisar las tierras de la casa Dagan, me apalearían como a un perro. Al otro, Iolio se llamaba, tuve que darle pena, me tiró una moneda al suelo.
—Toma, muchacho —me dijo Iolio—. Te deseo toda la suerte del mundo, la vas a necesitar.
La recogí y la miré: era un décimo de escudo talenio. No daba para nada. La guardé en un bolsillo.
Todos hemos oído historias de gente audaz, héroes valientes que no temen afrontar el peligro, que encaran la vida y cogen lo que pueden de ella. Son ese tipo de personas que ante la adversidad se crecen, emergen y sobreviven gracias a su inquebrantable voluntad.
Por desgracia, yo no era así. El miedo me atenazaba. No obstante, tengo que añadir en mi defensa que aún conservaba algo parecido a la dignidad. Así que comencé a alejarme por el camino, alzando la frente todo lo que daba mi corta estatura para que los guardias de mi señor, los cuales no se perdían detalle de mi deambular, vieran que yo era un muchacho curtido que no tenía miedo de las penalidades que me esperaban, que yo era de esos buscavidas duros y aguerridos que encaran todo de frente y sin ceder un paso atrás.
Lamentablemente, mi dignidad duró apenas tres pasos: en los pies desnudos se me clavaban todas las piedras y pequeñas ramas que había por el camino. Miré hacia atrás con cara suplicante. Caí de rodillas con los ojos llorosos y puse la mirada más triste que pude, cosa que en esos momentos no me fue nada complicado de lograr, dada mi acuciante situación.
Pero no conseguí el efecto deseado. Los guardias se vieron influenciados por lo que acababa de realizar, cierto, pero lo hicieron de una manera que yo no deseaba: Catelo se agachó para coger un palo del suelo, todo ello con la sana intención de cumplir la amenaza de su señor. Era bien sabido por todos en el Castillo Dagan que era una rata sin escrúpulos, se veía de lejos que aspiraba a convertirse en la mano derecha de Legen y que no dudaría en hacer todo lo posible por complacer al nuevo señor de la casa Dagan hasta conseguirlo.
Iolio, el que me había lanzado la moneda, era diferente. Era un soldado con muchos veranos a su espalda, de poblado bigote y pelo cano; de esos que sirvieron muchos años con el viejo señor Dagan y recordaban los tiempos en los que todos bebían, reían y apostaban codo a codo con mi padre. Me miró con gesto cansado y agarró el brazo de su compañero, lo hizo el tiempo suficiente para que yo recapacitase.
Como he dicho, la valentía y yo nunca hemos sido buenos compañeros de viaje. Con la mayor rapidez posible, me incorporé y retomé el camino. Ya no volví a mirar atrás. El sendero giró a los pocos pasos y salí de su visión. Me senté de nuevo en el suelo.
Y lloré.
Y ése es, queridos amigos, el inicio de mis aventuras. De una vida cómoda y plácida, pasé a tener sólo unos chillones pantalones con evidentes y apestosas manchas de orín y una moneda que no pagaba ni un plato de sopa. El resto de historias que cuento en este libro son, en esencia, relatos de las cosas que tuve que hacer para sobrevivir. Muchas no son honorables, ni siquiera honradas, pero cuando el hambre aprieta, hay que morder o morir.