La Maldición de la Mariposa Blanca – Capítulo 1

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1. Los hombres del Gobernador

Ignoro cómo habrá llegado a tus manos este libro. No sé si lo has encontrado por casualidad en un estante olvidado bajo capas de polvo o si, por el contrario, llevabas buscando como un loco esta publicación en concreto. En el caso de que la fortuna haya sido la culpable de este encuentro, me veo en la obligación de hacerte un somero resumen.

Por lo pronto, he de decirte que soy Bufón, tanto de nombre familiar como de profesión. Algunos también me conocen como el Ratón, aunque solo en los ambientes más turbios de Darona y entre los aguerridos hombres de armas de la fortaleza de Acerio. En esta historia que está a punto de comenzar, quiero relatarte cómo también llegué a tener otro epíteto: la Maldición de la Mariposa Blanca. Imagino que os preguntaréis el porqué de tan curioso apelativo. Pues bien, es muy simple: hubo un momento en el que, por donde yo pasaba, la muerte y la destrucción campaban a sus anchas.

Una vez hecha las presentaciones, lo siguiente que deberías saber es que esta es la tercera entrega de mis aventuras o, como a mí me gusta llamarlas, mis «desventuras». En ellas he sido bufón, mendigo, ladrón, escudero, feriante, soldado, espía, desertor, aventurero y hasta buscador de tesoros. Creo que he fracasado en casi todos estos oficios. La única excepción habría que hacerla en la innoble profesión de ser ladrón, pues mi agilidad, corta estatura y débil constitución me hacían ser bastante competente en el arte de colarme en casas ajenas.

Esta entrega de mis vivencias que ahora comienza trata de mi búsqueda de un nuevo oficio que me proporcionase un techo y una comida caliente todos los días. Esas eran mis ambiciones. Como veis, era muy sencillo, yo no pedía nada inalcanzable. Sin embargo, como siempre en mi desdichada vida, pronto todo se complicará y terminaré haciendo las cosas más insospechadas para poder sobrevivir.

Si hay que buscar un momento en el que comenzar, yo creo que habría que fijarlo en el mismo instante en que pusimos un pie en la ciudad de Darona. Después de vivir muchas peripecias y terminar, como siempre, con los bolsillos vacíos y muchos palos en la espalda, regresamos a esta ciudad en la que teníamos más buenos que malos recuerdos. Eso, en mi caso, no era nada desdeñable, pues se trataba de un sitio al que yo había considerado mi hogar en algún punto de mi desarraigada vida.

A mi lado estaba Cerian Dagan, mi antiguo señor, ahora convertido en una suerte de tortura constante que me acompañaba a todas partes, pero de la cual yo no sabía —ni quería— separarme, por muchas locuras que cometiera. Porque la vida, con Cerian, era generalmente menos aburrida.

Sin embargo, yo era consciente de que la suerte se nos acabaría en algún momento, que era cuestión de tiempo que no nos libráramos milagrosamente de morir, como siempre sucedía. Por eso tenía un plan que, a priori, era muy prometedor. Surto Caso, Gobernador de Darona y uno de los hombres más poderosos del reino de Salora, me debía un favor por haberlo ayudado en sus maquinaciones políticas. Y yo me lo iba a cobrar: tiempo atrás este me había prometido darme un trabajo a sus órdenes a cambio de los servicios prestados. Ese era el motivo por el que estábamos en la ciudad de Darona y no en cualquier otro lugar.

Cuando nos plantamos en las puertas de la ciudad, yo estaba intranquilo, temiendo que nos prohibiesen poner un pie en el interior de las murallas. Sin embargo, los guardias no parecían acordarse de nosotros y no tuvimos problemas para franquearlas. Para quienes no conocen mis anteriores aventuras, debo decir que, tras tener ciertos problemas con la autoridad de Darona, fuimos expulsados de la ciudad, escoltados por un pelotón de soldados y con la promesa de que jamás debíamos regresar.

Una vez dentro, atravesamos los barrios bajos sintiéndonos el centro de todas las miradas. Yo me imaginaba que nuestro paso no tardaría en ser conocido por algunos ilustres moradores del lugar en poco tiempo. No obstante, nadie se acercó a nosotros y dejamos atrás las calles más peligrosas de la ciudad cuando comenzamos a subir la pendiente que llevaba hasta fuerte Caolina, el lugar en donde se erigía el Palacio de Gobernación.

A mitad de cuesta, miré hacia arriba: el cielo estaba nuboso. Aunque no llovía, un viento frío y molesto me revolvía el pelo sin piedad. Era un día desapacible de primavera que, yo no sabía por qué, no me auguraba buenos presagios.

—Todavía estamos a tiempo para darnos la vuelta —habló Cerian, rompiendo el silencio, como si él también presintiera que la cosa no iba a terminar bien.

—Yo lo tengo claro —dije con obstinación—. Tú puedes hacer lo que te apetezca.

—Vale, solo era por si hubieras cambiado de opinión —dijo Cerian.

—No lo he hecho —afirmé con rotundidad.

—Pero te perderás increíbles aventuras como las que hemos vivido —insistió Cerian.

—Estoy dispuesto a soportar esa carga —repliqué con ironía.

—Está bien —afirmó Cerian, contrariado—. Luego no te quejes cuando oigas las siguientes palabras salir de mi boca: «te lo dije».

—No lo haré —dije, ya un poco enfadado por lo molesto que era.

En ese momento llegamos a la parte alta de la ciudad. Nos plantamos delante de las puertas de la muralla que rodeaba fuerte Caolina. Allí un par de guardias nos dieron el alto.

—Venimos a ver al Gobernador —dijo Cerian.

—Lárgate o te echo a palos de aquí, pulgoso —replicó el guardia con desdén—. No vamos a molestar al Gobernador por dos pedigüeños muertos de hambre.

Muy a mi pesar, debía darle la razón. Nuestras ropas, ajadas y sucias por las aventuras vividas, nos hacían parecer un par de vagabundos. Además, íbamos sin afeitar y con el cansancio marcado en nuestros rostros.

—¿Qué me has llamado, patán? —bufó Cerian, envalentonado por los insultos recibidos. Se irguió demostrando toda su altura y sacó pecho, recordando que hubo un tiempo en el que fue un gallardo noble al que ningún plebeyo se atrevía a replicar.

—Si no es posible ver al Gobernador, ¿al menos podríamos hablar con el capitán Mersio? —inquirí, interponiéndome entre mi antiguo señor y los guardias para evitar que nos apaleasen.

—Tampoco —respondió el soldado.

—Entonces esperaremos aquí hasta que salga —dije con obstinación.

—Cuando lo haga, le indicaremos qué guardias ineptos fueron los que no nos permitieron verlo, pues tenemos que hablar con él urgentemente —intervino Cerian.

Los dos guardias se miraron entre ellos. Distinguí la duda en sus rostros. Uno de ellos comenzó a rascarse la barba, señal que indicaba que, al menos, se lo estaba planteando.  

—Está bien, os llevaré ante el capitán Mersio —cedió al final, aunque luego nos señaló con el dedo—. Pero como se enfade por vuestra presencia, os meto en el agujero más oscuro que tengamos, ¿entendido?

—Entendido —asentí.

—Con esa actitud impertinente, ya veremos quién termina hoy en una celda —bufó Cerian, mirando con altivez al guardia.

Los dos guardias se detuvieron. Nos miraron durante un instante, como si dudasen entre apalearnos o matarnos allí mismo. Tras mis apresuradas disculpas, conseguí apaciguar los ánimos.

—Seguidme —dijo uno de los guardias de mala gana, meneando la cabeza.

Aparte del Palacio de Gobernación, dentro del recinto de fuerte Caolina también se encontraba la sede de la guardia de la ciudad. Acompañamos al soldado a este edificio y fuimos guiados por los pasillos hasta un despacho. Dentro, detrás de un viejo escritorio, estaba sentado un hombre barrigón y desaliñado: el capitán Mersio.

—Señor, estos individuos quieren verlo —dijo el guardia con prudencia—. Dicen que es urgente, ¿los esperaba o debo meterlos en una celda?

El capitán Mersio nos miró de arriba abajo con gesto de desagrado. Lo admito, yo, viendo su actitud, estaba convencido de que mi sueño de comer de forma regular y dormir bajo techo se cumpliría, pero en la cárcel de la ciudad.

—Hace un año que no sabía nada de vosotros. Pensé que estabais muertos, muchachos —dijo Mersio sin cambiar el gesto—. Pero, como se suele decir, las malas hierbas nunca mueren. Y vosotros sois de las más difíciles de arrancar.

—Lo tomaremos como un cumplido —sonrió Cerian.

El capitán Mersio también sonrió mientras meneaba la cabeza. Eso me dio esperanzas de que todavía teníamos alguna posibilidad de que cumpliera el trato.

—Veníamos por la promesa que se nos hizo… —comencé a decir, entusiasmado

—Mételos en el calabozo —me interrumpió el capitán Mersio, hablando al guardia, como si nosotros dos no estuviéramos allí—. Que sea la última vez que dejas pasar a un par de zoquetes como estos.

—Pero… —intenté decir. No terminé la frase porque el guardia ya me estaba echando de malos modos del despacho del capitán. Intenté resistirme, aunque lo único que conseguí fue llevarme un golpe en el abdomen con el asta de una lanza.

Yo hubiera dejado el incidente ahí, asumiendo mi derrota y evitando sufrir más daños. Sin embargo, Cerian no era de los que se rendían con facilidad. Le arreó un puñetazo en la nariz al guardia que me había agredido y sacó prontamente la espada cuando otros cuatro soldados se acercaron corriendo a socorrer a su compañero.

—Quien ose tocarme un pelo, probará un poco de mi acero —amenazó Cerian.

Sin embargo, por estar más pendiente de los que le venían de frente, mi antiguo señor descuidó su retaguardia. Y por allí apareció el capitán Mersio. Le arreó a Cerian un garrotazo en la coronilla que lo dejó aturdido y despatarrado en el suelo.

—Quitad de mi vista a estos dos imbéciles —dijo el capitán Mersio—. Instaladlos en una celda para ellos dos solos.

Nos arrastraron hacia la zona de celdas del cuartel. No nos metieron en uno de los calabozos comunales que, por desgracia, yo conocía bien y en los que había que pelear en cada momento por algo de comida o conservar intactos los pantalones. Nuestro destino fue una celda que era más confortable que cualquiera de las viviendas que yo había tenido. Y sí, yo también había sido inquilino en el pasado de este tipo de alojamiento. Como podéis ver, me conocía a la perfección las dependencias más miserables del cuartel.

Una vez dentro de nuestro nuevo hogar, Cerian tardó un buen rato en espabilarse completamente. Cuando lo hizo, se me quedó mirando.

—¿Qué? —le espeté, malhumorado.

—Te lo dije —afirmó, enfurruñado.

Estuvimos dos días encerrados en esa celda. Dos días en los que un guardia apareció de vez en cuando para traernos algo de comida y bebida. No hablábamos Cerian y yo, pues estábamos enfadados el uno con el otro. En general, dedicábamos el tiempo a mirar a la pared y pensar en qué íbamos a hacer con nuestra existencia cuando nos soltasen. Si nos soltaban.

El futuro no pintaba nada bien.

Al tercer día, cuando se abrió la puerta, en vez del guardia con nuestro desayuno, apareció el capitán Mersio. Después de cerrar la puerta tras de sí, el hombre nos miró con los brazos puestos en jarras. Luego, negó con la cabeza.

—¿Por qué habéis regresado? —nos espetó de malos modos—. La ciudad estaba muy tranquila sin vuestra presencia.

—Queremos que se cumpla la promesa dada —dije, sin amilanarme.

—¿Cuál?, ¿la de que os metería en una celda como volvieseis a pisar las calles de Darona? —inquirió el capitán con desdén.

Quiero hacer un inciso para aclarar que una de las razones por las que acabamos en los calabozos en el pasado —y el principal motivo del odio del capitán Mersio hacia nosotros— fue que me colé en su casa, lo drogué y le robé. Yo ya había olvidado el asunto, pero él parecía seguir bastante enfadado con nosotros por esa tontería sin importancia.

—El Gobernador nos prometió un trabajo por los servicios prestados —le recordé—. Cumplimos con nuestro cometido: espié y robé para él. Luego, además, le protegimos en el fallido asalto a la mina. Es momento de recibir nuestra recompensa: quiero un trabajo.

—Cuidado con lo que exiges muchacho, puede que no sea lo que más te convenga —me advirtió Mersio.

—Si no hay trabajo, siempre nos podemos apañar con dinero —intervino Cerian—. Yo me conformaría con quinientos escudos.

—¿Y por qué no mil? —soltó el capitán con sorna.

—Por mí trato hecho —dijo Cerian, tendiendo la mano.

—Aunque no lo creáis, sois un dolor de cabeza para mí y para el Gobernador —dijo Mersio—. Durante estos dos días que habéis sido nuestros invitados, hemos pensado qué hacer con vosotros.

—Es muy sencillo —repliqué—. Dadnos un trabajo de lo que sea y dejaremos de ser una molestia.

—Si queréis un trabajo, lo tendréis, pero se os exigirá lealtad absoluta —me advirtió el capitán.

—Por mi parte la tendrás —dije sin pensarlo. Al menos la tendrían mientras me pagaran lo suficiente para mantenerme. Pensé que, en cuanto me dejara de salir rentable, desaparecería con las ganancias obtenidas.

—Por la mía, no —intervino Cerian, hundiendo mis planes.

—La tendré —replicó Mersio con una sonrisa desganada en los labios—. Vas a pasar a formar parte de la guardia personal de Surto Caso. Como sabemos que eres bastante diestro con la espada, muy a mi pesar, serás uno de los elegidos que velarán por la seguridad de nuestro señor.

—¿Y si me niego? —preguntó Cerian.

—Puedes hacerlo, evidentemente. Yo estaría encantado de que rechazaras el trabajo, muchacho —dijo Mersio, encogiéndose de hombros—. Sin embargo, si optas por esa vía, debo informarte de que tengo órdenes de meterte dentro de un saco y no dejarte salir de él hasta que te entregue al Excelso Legen —dijo Mersio—. Me han dicho que él estará encantado de sacar la piel a tiras a su díscolo y problemático hermano pequeño. Tú decides.

—Si me lo pides así, con cariño, no soy capaz de negarme —replicó Cerian con sorna—. Seré el perro guardián del maravilloso y esplendoroso Gobernador de Darona.

—Celebro que hayas entendido cómo están las cosas —dijo Mersio—. El Magno Gobernador va a mandar una carta a tu hermano en donde le explicará que se va a hacer cargo de ti y que va a intentar enderezar tu rumbo, siendo un ejemplo y guía en tu educación.

—Y, de paso, tratará de incorporar al imbécil de mi hermano a su bando en sus maquinaciones políticas, ¿no? —preguntó Cerian—. ¿Tan pocos apoyos tiene tu señor que tiene que reclutar a la mísera y empobrecida casa Dagan?

—Esas son cosas de mayores y tú sigues siendo un niñato descreído —le espetó Mersio. Después rebuscó entre sus ropas y sacó un puñado de monedas—. Toma esto: come algo, aséate y cómprate ropa nueva. El Magno Gobernador exige un mínimo de higiene para formar parte de su guardia personal. Esta tarde, cuando estés lo suficientemente presentable, vuelve para que te expliquemos cuáles van a ser tus cometidos.

—Como digas —dijo Cerian, recogiendo las monedas. Se las guardó enseguida entre sus ropas, como si temiera que se las robara.

—Sé que estás pensando en tratar de escapar nada más salir por esa puerta —dijo Mersio—. Por eso quiero que sepas que los guardias del Gobernador reciben una paga de diez escudos diarios.

—Es un buen salario —admití, sorprendido.

—Sin embargo —continuó el capitán Mersio, ignorando mi comentario—, si eres tan estúpido de seguir comportándote como un maldito haragán, tengo que advertirte de que he dado órdenes para que se te detenga en cualquiera de las puertas de la ciudad y, como te he dicho antes, meterte en un saco del que no saldrás hasta estar cara a cara con tu hermano.

—¿Podemos irnos ya? —inquirió Cerian—. Tus amenazas me resultan aburridas.

—Tú, sí —respondió Mersio—. Pero el ladronzuelo…

—¿Qué pasa conmigo? —salté, enfadado—. Me prometisteis un trabajo por mis servicios. ¿Vais a faltar ahora a la palabra dada?

—Si tanto lo deseas, no dudes que tendrás lo que pides. Eso sí, luego no te quejes si no te gusta lo que te damos —respondió Mersio. Luego, miró a Cerian—. Deberías irte ya, muchacho.

Cerian se levantó y se dirigió hacia la puerta. Admito que me dolió que no se preocupase por mi destino, como si no le importase qué me iba a ocurrir a mí. Pero lo que más me irritó fue lo que me susurró al oído ante de marcharse:

—Te lo dije.

El capitán Mersio no empezó a hablar de nuevo hasta haberse asegurado de que mi antiguo señor se había marchado de la celda.

—Nos ha costado bastante encontrar la ocupación en la que nos eres más útil —me explicó Mersio—. Y, lamentablemente, sabes tan bien como yo qué es en lo que destacas. No vales para otra cosa.

—¡No! —chillé, enfadado cuando entendí su insinuación.

—Si no aceptas lo que te ofrecemos, es problema tuyo —dijo Mersio.

—¡Claro que no lo aceptó! —exclamé—. En ese caso, prefiero que me deis dinero.

—Antes de nada, para que seas consciente de tus opciones, debo informarte de que esa promesa que te hicimos es lo único que te salva de que también te metamos en un saco —dijo el capitán sin perder su calma—. Como supongo que intuirás, el Excelso Legen también quiere ponerte las manos encima, pues tiene cuentas pendientes contigo. No obstante, creo que en tu caso no será tan indulgente como con su hermano. En la última carta que le envió al Gobernador, explicó que su intención era empalarte y dejar tu cadáver expuesto en las murallas del castillo Dagan para que, literalmente, los cuervos te saquen los ojos. ¿Aún sigues rechazando el trabajo que te ofrecemos?

—Veo que no tengo muchas opciones —afirmé, resignado.

—No deberías haber vuelto —me dijo el capitán en un tono más afable de lo acostumbrado—. Has sellado tu propio destino.

—¿Y qué es lo que tengo que robar para el Gobernador? —inquirí, sabedor de que no tenía muchas alternativas.

—No vas a robar nada —dijo Mersio, sonriendo maliciosamente—. Es otra cosa: quiero al Barbicalvo, preferiblemente vivo. Como sé que es complicado, me contentaré si traes su cadáver.

—Pero… ¿cómo? —pregunté aterrado.

Para los que no conocen mis aventuras, debo aclarar que, si Surto Caso dirigía la ciudad de Darona desde su palacio en lo alto de la colina, el Barbicalvo era quien mandaba en los barrios bajos. Por así decirlo, era el rey entre los rateros, asesinos y demás gentes de moral dudosa. Como os imagináis, yo, como ladrón, había trabajado para él.

—Le vamos a tender una trampa y tú serás el cebo —dijo Mersio—. Mis hombres te van a echar de la ciudad según terminemos esta conversación. Sé que con tus habilidades no te será muy difícil volver a entrar. Después buscarás al Barbicalvo y le pedirás trabajo. Quiero que te ganes su confianza, incluso haciendo algunos trabajillos para él. Y cuando menos se lo espere, me lo entregarás.

—Pero… —volví a balbucir.

—No he terminado —dijo Mersio—. Por tus servicios, recibirás una paga de cinco escudos diarios. Yo no te los daré, ya que no volverás a pisar fuerte Caolina hasta haberme entregado al Barbicalvo. Te pagará Kira, tu amiga. Ella será nuestra intermediaria; cualquier cosa que necesites, se lo pedirás a ella. Nadie más sabrá que trabajas para mí, ¿entendido?

—¿Por qué yo cobro menos que Cerian si mi cometido es más peligroso? —pregunté, molesto.

—No estoy tan seguro de eso que dices —replicó Mersio—. Te recuerdo que el príncipe Mursulo quiere matar a Surto Caso por apoyar este a su hermano, el heredero al trono de Salora. No obstante, si consigues traerme al Barbicalvo tendrás tu recompensa: doscientos escudos si me lo traes vivo o cien si es muerto. Después de eso, serás libre de irte a donde quieras o de seguir al servicio del Gobernador en los futuros trabajos que este disponga para ti.

—¿Y si decido no entrar en Darona y escapar? —pregunté.

—Puedes intentarlo, pero deberás huir muy lejos, pues no tendrás una segunda oportunidad. En cuanto te pillemos, irás al saco —dijo Mersio, encogiéndose de hombros—. Tú no tienes un hermano al que agasajar y no vamos a dudar en entregarte. La decisión es tuya, pero hazlo pronto: en cuanto salgas de esta celda, trabajarás para mí.

—Está bien, acepto —cedí, sabiendo que no tenía muchas opciones—. Antes de que me «eches» de la ciudad, dame algo para poder dormir y comer esta noche.

—Toma, pedigüeño —me espetó Mersio, dejando diez escudos delante de mí—. Tu amiga te dará algo más cuando vayas a verla, pero será cuando vuelvas a entrar a la ciudad por tus propios medios. No antes.

Así que, ya veis cómo se habían ido al traste todas mis ideas de conseguir un trabajo tranquilo y estable. Volvía a tener que sobrevivir usando mi ingenio y, para variar, esperar que la suerte siguiera siendo propicia.

Fui sacado a rastras, y con cierta rudeza, por los guardias del capitán. Los numerosos transeúntes de las calles de Darona fueron testigos de cómo me llevaban a empujones —y gritando más de la cuenta— para que toda la ciudad supiera que yo era un ladrón al que iban a echar como a un perro.

Una vez que me dejaron al otro lado del puente sobre el río Din, los guardias me lanzaron una mirada hosca, cargada de amenaza, como si me retaran a intentar regresar. Estaban deseando que yo lo hiciera; se les notaba con ganas de apalear a alguien.

Eché a andar para me vieran alejarme de la ciudad. Lo hice sin mirar atrás e intentando poner la pose más digna que encontré. En cuanto los perdí de vista, me eché a un lado del camino para pensar con tranquilidad qué narices hacer a continuación.

Me sentí solo y abandonado, como tantas veces me había ocurrido en mi vida. Era la aceptación de que yo era alguien tan insignificante que no importaba a nadie. Si me tumbaba ahí y me dejaba morir, dudo que alguien se preocupase por mi cadáver, salvo las ratas y los cuervos.

Debo admitir que estuve tentado de no detenerme, alejarme de la ciudad y jamás regresar a Darona. Viéndolo con perspectiva, quizás hubiera sido lo mejor. Me hubiera ahorrado muchos sufrimientos.

Pero todos sabemos que soy un maldito cobarde. Me aterraba la idea de salir solo a los caminos. Esto pesó mucho más que la indignación que sentía por el trato recibido. Otra cosa que fue fundamental en mi decisión de quedarme fue que, para variar, no tenía dinero, excepto los diez escudos de plata que me había dado el capitán.

Cuando me serené un poco, entendí que solo tenía una opción: entrar de nuevo en la ciudad sin ser visto. Comencé a idear diferentes formas de hacerlo. Lo más fácil sería rodear la muralla y entrar por otra puerta, pero, por desgracia, había que cruzar de nuevo el río Din. Descarté la idea de vadearlo debido a un importante detalle: yo no sabía nadar. La única forma era atravesar el puente, y dudaba que los guardias me permitieran hacerlo.

Aunque no lo creáis, por mucho que el capitán Mersio diera por hecho que me sería fácil entrar de nuevo, yo estuve todo el día en el mismo lugar, sin saber qué hacer y dándole vueltas a la cabeza. No encontraba ninguna idea medianamente buena.

Tengo que admitir que ya me veía durmiendo en mitad del campo cuando vi aparecer por el camino la solución: una carreta cargada de barriles que, si no me equivocaba, seguramente contendrían cerveza. Junto a esta iba un vendedor de telas guiando una recua de mulas y un calderero con un carro. Todos formaban una pequeña caravana algo heterogénea, pero bastante común en esos tiempos si se quería viajar sin tener demasiados problemas con los bandidos. De hecho, yo había llegado a Darona por primera vez en una caravana muy parecida a ésa, aunque debo admitir que nosotros forzamos su formación amedrentando a los comerciantes para proveernos comida durante el largo camino hasta la ciudad.

Decidí arriesgarme y les salí al paso con la intención de mezclarme con ellos y entrar en la ciudad en su compañía. Pero claro, yo no tenía ni la labia ni la confianza en mí mismo que Cerian siempre mostraba.

—¿Querías algo, muchacho? —me preguntó el calderero al verme aparecer.

—Yo… esto… —empecé a decir, algo azorado. Luego solté lo primero que me vino a la mente—: Querría… querría… comprar un caldero.

—¿De qué tamaño y forma? —preguntó el calderero—. Como puedes ver, tengo muchos.

—El más grande que tengas —dije, pensando sobre la marcha.

—Tengo uno de dos palmos de diámetro y tres de altura —dijo el calderero—, pero dudo que puedas llevarlo tu solo, muchacho. Pesa bastante.

—Ah, es cierto. Pues uno más pequeño. —rectifiqué, sin saber muy bien a dónde me iba a llevar la conversación.

—A ver, si necesitas uno grande, es mejor que no escatimes en su compra —dijo el calderero—. Si no vives lejos de aquí, puedo acercártelo.

—Vivo… dentro de la ciudad —rectifiqué, sonriendo. El hombre me acababa de dar la solución a mi problema.

—Pues sube conmigo al pescante y te llevo —me dijo con afabilidad.

—Muchas gracias —repuse, agradecido.

Antes de que el hombre cambiara de idea, yo ya me estaba sentando a su lado. Sí, yo sentía cierto remordimiento por aprovecharme de la buena voluntad del calderero, pero me convencí a mí mismo diciéndome que no le hacía daño a nadie.

En el trecho que nos llevó desde ese lugar hasta las puertas de la ciudad, estuvimos negociando el precio de ese enorme caldero que, evidentemente, yo ni podía ni quería comprar. Pero interpreté mi papel y fui un duro regateador hasta conseguir un acuerdo razonable para ambos.

—¡Este maldito viento es muy molesto! —me quejé distraídamente mientras cruzábamos el puente. Aproveché la excusa de guarecerme de las inclemencias del tiempo para echarme sobre el rostro la capucha de mi capa.

A medida que nos fuimos acercando a la puerta, vi que casi todos los guardias eran distintos de los que estaban allí por la mañana, cuando me habían echado de allí de malos modos. Debía de haber ocurrido el relevo en la guardia mientras yo estaba en el camino. Entonces me fijé en que solo uno de ellos repetía. Maldije en silencio a mi mala suerte cuando, por casualidad, ese fue quien se acercó hasta el carro del calderero.

—¿No tendrás cazos? —le preguntó el guardia—. Mi señora me ha dicho que se ha roto uno en casa y esta mañana me ha pedido que traiga otro.

—¿Cazos? —inquirió el calderero—. Por supuesto que tengo cazos. Dime el tamaño que quieres y lo busco atrás.

—Ups, pues eso no lo sé —dijo el guardia, rascándose la cabeza—. Mi mujer solo me ha dicho un cazo, no sabía yo que había de diferentes medidas.

—Pues sí, hombre, los hay más grandes y también más pequeños, incluso puede variar el tamaño del mango —explicó el calderero.

—¿Vas a estar mucho tiempo en la ciudad? —preguntó el guardia, frunciendo el ceño.

—Un par de días.

—Dime dónde te vas a alojar y te busco cuando sepa la medida —dijo el guardia. En ese momento reparó en mi presencia. Su gesto cambió—. Espera, a ti te conozco…

—No —dije brevemente, sin levantar la cabeza.

—Es un chico que quiere comprar un caldero —explicó el calderero—. Vive en la ciudad, de eso le conocerás.

—No, es de otra cosa… —dijo el guardia, asintiendo mientras echaba la mano a la empuñadura de su espada de forma disimulada—. ¡Ya me acuerdo! ¡Te…!

No esperé a escuchar el resto de la frase. De un salto me bajé del carro por el lado contrario al que estaba el guardia. Eché a correr al interior de la ciudad sin mirar atrás. En lo que el guardia y sus compañeros tardaron en reaccionar, yo gané una pequeña, pero importante, ventaja.

Comencé a esquivar a los transeúntes que, asombrados, se apartaban como podían ante mi paso. Varios de los guardias me iban a la zaga, los oía correr y gritar a mi espalda, a no más de diez pasos.

Después de muchas aventuras vividas, me podría considerar todo un experto en persecuciones, en especial cuando yo era el fugitivo. Entendí enseguida que, aunque yo era más rápido y ágil que ellos, por el medio de la calle no tardarían en acorralarme. Por ese motivo, en un intento de despistarlos, me salí de la avenida principal y giré por un estrecho callejón que salía a mi derecha. Avancé unos cuantos pasos y descubrí una puerta que se abría en ese momento.

Aparté de un empujón a un hombre que salía de allí y me colé en el interior. Dentro estaba algo oscuro, pero no me detuve. Seguí corriendo, atravesando pasillos a lo loco, hasta que alcancé una puerta que me dejó de nuevo en el exterior, pero no así en la calle, pues me encontré en una pequeña plaza porticada, una especie de patio interior de forma triangular. Busqué alguna salida de ese lugar, pues escuché acercarse los ruidos de mis perseguidores. La hallé en la otra punta del patio, donde me esperaba otra puerta. Sin embargo, para mi desgracia, estaba atrancada por dentro.

Entonces, desesperado, busqué alguna alternativa. Solo vi una enorme tinaja que era utilizada para recoger el agua de lluvia. Me encaramé a ella en el momento en el que dos guardias irrumpían en el patio. Escalé ágilmente hasta subir al primer piso mientras los oía maldecir desde abajo. Arriba había una galería con puertas y ventanas. Me colé por la primera que vi abierta. Atravesé una vivienda que, aparentemente, en ese momento estaba vacía…

El grito airado de una mujer medio desnuda me sacó de mi equivocación. Salí de la vivienda mientras pedía perdón a la carrera. Me encontré en un nuevo pasillo que terminaba en unas escaleras. Bajé los escalones de tres en tres y me encontré en una especie de recibidor estrecho, pero más amplio que el pasillo. Allí me topé con una anciana que barría distraídamente.

Tuve que apelar a toda mi agilidad y equilibrio para no atropellarla en mi apresurada huida. Después, cuando yo todavía trataba de disculparme, también tuve que tirar de reflejos para esquivar los escobazos con los que trataba de abrirme la cabeza.

Tiré de la puerta que había detrás del recibidor y escapé por fin de la maldita anciana. Afuera me esperaba una calle estrecha, pero bulliciosa a esas alturas del día, pues había varios comercios y tabernas en los alrededores.

Eché la vista atrás y comprobé que mis perseguidores todavía no habían salido del edificio. Me quité la capa todo lo rápido que pude, hice un hatillo con ella y me la guardé debajo del brazo. Después, me coloqué delante del transeúnte más grande que vi y eché a andar tranquilamente.

Escuché cómo los guardias salían apresuradamente del edificio. Los oí maldecir y dudar si ir en mi dirección o avanzar en la contraria. Yo, en cuanto que pude, me metí por un nuevo callejón. Una vez fuera de su vista, no paré de correr hasta que estuve bien lejos de ese lugar.

Cuando comprobé que no había ni rastro de los molestos guardias, mi siguiente parada fue buscarme un lugar en donde pudiera pasar la noche. La tarde ya estaba muy avanzada, cerca del ocaso, y había que darse prisa en ello.

Callejeé por los barrios bajos, esquivando con facilidad a cualquier guardia con el que me topaba. Ya en la ciudad media, llegué a un edificio que yo conocía muy bien, pues tenía buenos recuerdos del lugar. Había sido mi hogar durante una temporada en mi anterior estancia en Darona. Cuando entré por la puerta, interrumpí la cena de Feruso y su mujer, los encargados del edificio.

No tenía claro el recibimiento que me iban a dar. Sin embargo, sonreí agradecido cuando, nada más verme, me abrazaron y me obligaron a comer con ellos, poniéndome un plato de sopa delante. No sé a vosotros, pero después del día que yo había pasado, me emocioné al descubrir que alguien no me trataba como una alimaña. Mientras llenaba la tripa, me pidieron que les contara mis aventuras desde la última vez que nos vimos.

Les hice una versión resumida de mis hazañas, procurando omitir aquellos momentos escabrosos e ilegales que no interesaban a personas decentes como ellos. Conseguí que rieran a carcajada limpia cuando les relaté nuestras desventuras en Setobro con aquel cornudo que nos quería linchar y mis peripecias para sobrevivir en la fortaleza de Acerio como soldado de la Hermandad de los Protectores. Por otra parte, logré emocionarlos, en especial a Feruso, que había sido soldado, cuando les relaté la cruenta batalla contra los trasgos y cómo nos abrimos paso a la desesperada para escapar de allí.

—Había oído rumores de ello; me dijeron que hubo una resistencia muy dura por parte de los trasgos, pero no sabía que había sido tan terrible —dijo Feruso—. Por aquí no llegó ninguna información de que hubiera tantas bajas entre los soldados de la Hermandad de los Protectores, solo que no se pudo avanzar mucho en el intento de conquistar esa parte de los montes Centirios.

—Fue una carnicería —dije, negando con la cabeza—. Nos tendieron una emboscada que arrasó a todos aquellos que estábamos en la vanguardia.

—¿Y dónde has estado desde entonces? —preguntó Feruso.

—No podíamos regresar, pues al escapar nos quedamos al otro lado de las fuerzas enemigas —respondí, escogiendo las palabras—. Fuimos hacia el levante y nos vimos obligados a dar un gran rodeo.

Les relaté todas mis aventuras atravesando los Páramos Desiertos y llegando hasta el bosque de Alvor, contando tanto las cosas terribles como las maravillosas que me encontré en esos lugares. Sin embargo, omití todo acerca de Centiria y sus fabulosos tesoros, que era realmente nuestro objetivo, pues tendría que admitir ante Feruso que habíamos desertado y que el único propósito de nuestra temeraria huida hacia adelante no era otro que lucrarnos en la búsqueda de un tesoro.

Terminé mi relato contando que llegamos al reino de Karandia dejando que la corriente del río Raguan nos llevara. Les expliqué que nos costó conseguir regresar al reino de Salora, pues terminamos, para variar, sin un escudo en la bolsa que poder gastar. También obvié que sí que conseguí algo del tesoro, aunque fuera una cantidad paupérrima comparado con todas las riquezas que yo hallé en Centiria, pero que, como era normal en nosotros, las despilfarramos de una manera estúpida e irracional.

—Y ahora, ¿qué vas a hacer? —preguntó Feruso.

—Quiero establecerme otra vez aquí, en Darona —le expliqué—. De hecho, he venido hasta tu casa para alquilar alguna habitación, si es que tenéis alguna libre.

—¿Tienes dinero? —me preguntó Feruso, enarcando una ceja.

—Toma —le entregué mis diez escudos—. Si no han subido los precios, con esto me dará para medio mes, ¿no?

—Para ti los precios no han subido —afirmó Feruso, cogiendo solo cinco de ellos y devolviéndome el resto—. Si me echas una mano de vez en cuando, te cobro solo la mitad.

—Trato hecho —afirmé sonriendo.

Me instalé en mi nuevo hogar tan pronto como terminé de cenar. Me retiré de la mesa argumentando que estaba cansado, cosa que era bastante cierta después de la carrera para huir de los guardias.

La habitación era pequeña, pero en ese momento me pareció la alcoba más lujosa del mundo. Me desvestí rápidamente y me metí en la cama, quedándome dormido enseguida.

Sin embargo, esa noche no tuve el sueño reparador que yo necesitaba. Para nada, pues fui asaltado por una terrorífica pesadilla. En ella aparecían Toso, Chipo, Tevirio, Ferlo y Gurio, mis antiguos camaradas en la Hermandad de los Protectores. Todos aparecían muertos, con sus cadáveres destrozados, cubiertos de sangre y mutilados por terribles heridas. Me miraban de forma acusadora e incluso alzaban sus brazos para señalarme.

 —¡Cobarde! —me increparon todos a la vez—. ¡Nos abandonaste!

Yo quería huir de ellos, pero no podía moverme del sitio. Impotente, los veía avanzar hacia mí, algunos caminando, otros arrastrándose, pero todos con intención de vengarse de mí. Lo que más dolían eran sus gritos, llamándome cobarde una y otra vez.

En ese instante se alzó una figura a la espalda de todos ellos. Más grande y fuerte que cualquiera humano, se recortó la silueta de un ser de terrorífica envergadura rematada en unos poderosos cuernos. Unos ojos rojos me miraron fijamente, con ira. Se trataba de Cadula, el demonio que yo liberé en Centiria.  

—¡Sin honor! —exclamó, alargando su poderosa garra hacia mí. Después comenzó a avanzar mientras enseñaba los dientes con ferocidad—. ¡Muere!

Los cadáveres de mis compañeros también siguieron avanzando hacia mí, pero Cadula era más rápido. Adelantó a mis antiguos compañeros de armas, apartando a algunos y aplastando a otros. Yo seguía clavado en el sitio; solo podía mirarlo, impotente, mientras se abalanzaba sobre mí. 

Desperté en ese momento, horrorizado y empapado en sudor. Tardé unos instantes en darme cuenta de que había sido sueño; muy aterrador, pero solo un sueño. No obstante, miré a mi alrededor y comprobé que estaba solo; únicamente me rodeaba la oscuridad de mi cuarto.

No era la primera vez que me ocurría. Por desgracia, yo sufría ese tipo de pesadillas de forma recurrente desde que escapé de Centiria. Variaban un poco en el contenido, cambiando la posición y los insultos, pero siempre aparecían mis amigos muertos culpándome de su desgracia.

Como me daba cierto pavor intentar volver a dormir, pues temía que los muertos volvieran a aparecer, me bajé de la cama. Di unos pasos por la habitación para serenarme un poco. Me asomé a la ventana. La calle estaba oscura y silenciosa. Iba a volverme a la cama, cuando me pareció ver un movimiento a la entrada de un callejón cercano. Entonces vi un par de puntos rojos.

Di un respingo de puro terror. De forma instintiva, me aparté de la ventana. Volví a asomarme, asustado y con cuidado de no dejarme ver. Sin embargo, esos dos puntos rojos ya no estaban ahí.

Estuve un buen rato vigilando, pero no volví a ver nada más. Empecé a pensar que mi mente atormentada me había jugado una mala pasada. Sin embargo, aunque estaba seguro de que era imposible que Cadula siguiera vivo y se estuviera paseando por las calles de Darona, no pude quitarme el miedo en lo que quedaba de noche.   

Esa misma mañana, después de desayunar con mis caseros, fui en busca de Kira. Lo hice evitando las calles principales por donde me imaginaba que habría más guardias. Me deslicé por los callejones más oscuros, siempre tratando de pasar desapercibido y llevando la capucha echada sobre la cabeza para ocultar mis rasgos.

Cuando llegué a la tienda de herbología que regentaba la muchacha, encontré el local bastante cambiado: habían pintado la pared de blanco y un vistoso letrero adornaba por encima de la puerta. En él se distinguía un ramillete de hierbas con algunas flores.

Sonó una campanilla que estaba situada sobre la puerta cuando la traspasé. Descubrí que el interior también lo habían reformado, poniendo muebles nuevos y elegantes. En las paredes había multitud de tarros, todos perfectamente etiquetados.

Una mujer de mediana edad y sonrisa pronta estaba detrás del mostrador.

—¿Qué deseas, muchacho? —me preguntó. Su sonrisa se borró al ver mi aspecto.

—Creo que me he equivocado —dije, confundido—. ¿Esta no es la tienda de herbología de Kira?

—Así es —dijo la mujer, tirante—. Ahora mismo está atendiendo a una clienta, ¿en qué puedo ayudarte? ¿Requiere de alguna pomada o necesitas una cura? Te advierto que no acostumbramos a dar limosnas.

—No, no, no —respondí—. Nada de eso.

—Entonces, ¿qué? —preguntó la dependienta, algo incómoda por mi presencia.

—Esto… quiero hablar con ella.

—Dame el mensaje y yo se lo entrego —preguntó la dependienta, cruzándose de brazos en un gesto más antipático.

—Es un tema personal.

—Ahora no podrá ser, tendrás que venir en otro momento, muchacho.

—No tengo prisa, esperaré.

—¿Aquí? —preguntó, abiertamente molesta.

—Sí —respondí.

En cierto modo, entendía sus recelos. Si en tu tienda entra alguien con pinta de vagabundo, mira con recelo a la puerta y no se quita la capucha del rostro para tapar así sus facciones, es normal ser desconfiado.

Fue un rato algo tenso e incómodo. La dependienta me estaba observando sin dejar su gesto hosco. Yo, aburrido, me dediqué a mirar las etiquetas de los tarros. Había melisa, valeriana, tomillo, romero y muchas otras cosas que yo no sabía ni pronunciar.

La puerta de la trastienda se abrió por fin. Por allí apareció una anciana apoyada en un bastón. Detrás de ella salió Kira.

Para los que no conozcáis a Kira, solo la puedo describir como una fuerza de la naturaleza que te enamora y destroza a partes iguales, es de esas personas capaces de hacer tambalear los cimientos de tu existencia solo con su mera presencia. Aunque era de familia noble, las circunstancias habían hecho que experimentara lo más duro de la vida. Pero ella nunca se había arrugado y la había encarado con fiereza. De hecho, Cerian y yo la llamábamos así, Fierecilla, por su ímpetu desbordado. Sus indómitos ojos verdes eran capaces de obligarte a realizar locuras solo por complacerlos.

La anciana se despidió de Kira mientras la agarraba las manos y parloteaba. Esta la acompañó hasta la puerta sin dejar de sonreír y sin reparar en mi presencia. Cuando se cerró la puerta, su gesto cambió a uno de cansancio.

—Esa vieja me agota, Clatilda —dijo Kira a la dependienta.

—Pero paga bien, señora —replicó esta y luego giró la vista hacia mí—. Tiene visita.

—Creía que ya no tenía más pacientes hoy —dijo Kira algo confundida. Entre la semioscuridad del local y la capucha no me reconoció.

—No me ha dicho lo que quiere —dijo Clatilda.

—Solo quiero saludar a una vieja amiga —respondí, quitándome la capucha—. ¿Qué tal estás, Fierecilla?

—¡Bufón! —exclamó ella, abriendo desmesuradamente los ojos. En una abrir y cerrar de ojos me vi aprisionado en un afectuoso abrazo del que yo nunca quisiera liberarme. Sin embargo, duró poco para mi gusto—. Te creía muerto hasta que ayer… —Miró de reojo a Clatilda—. Ven, hablemos en la trastienda.

La puerta daba a un pequeño pasillo. La seguí por él hasta llegar a una salita cuadrada, no muy grande, pero repleta de más tarros ubicados en diferentes estanterías. Había una mesa con algunos instrumentos que yo no tenía ni idea para qué servían. Ella se sentó sobre un taburete y me ofreció otro para que hiciera lo mismo.

—Veo que te va bien el negocio —dije, sentándome y mirando a mi alrededor—. Tienes hasta una empleada.

—Sí, Clatilda —respondió Kira—. Es bastante competente y sabe mucho de hierbas. Cuando yo trato a los clientes, ella se encarga de atender la tienda.

—Creo que no la he caído demasiado bien —repliqué—. Mi presencia le incomodaba.

—Es bastante protectora —sonrió Kira—. Algunas veces me trata como si fuera mi madre. No obstante, en su defensa tengo que decir que no estás muy presentable.

—Sí, como si acabara de salir de la tumba —reí—. ¿Quién te ha dicho que estaba en la ciudad?

—Ayer vino el capitán Mersio y me dio la buena noticia —me aclaró Kira.

—Ya ves, sigo en pie a pesar de las adversidades —sonreí.

—Querrás decir, a pesar de vuestras estupideces —me espetó Kira—. Ya me han comentado que ahora trabajas para el Gobernador. Tienes que hacer algo para él, no sé qué es, pero huele a que no es nada decente.

—Antes de que me digas nada, debo aclarar que no me han dejado muchas opciones para elegir —me excusé, aunque era consciente de que me había metido yo solito en esa complicada situación—. Otros, los que son de noble cuna, se han quedado en fuerte Caolina. Siempre ha habido clases…

—No estoy segura de cuál de los dos tiene el peor cometido —me dijo Kira, pensativa—. El rey se muere y entre los pretendientes al trono se está cociendo algo. Es mejor no levantar mucho la cabeza para que no te la rebanen.

—Pues tú no sigues tu propio consejo —repliqué—. La última vez que te vi ibas del brazo del Gobernador, casi como su…

—¡Cuidado con lo que dices! —me advirtió Kira, enfadada—. Soy su sanadora, nada más. Como ves, sigo teniendo mi local en donde vendo mis mercancías y ofrezco mis servicios. Yo no soy nada de nadie. Él es solo uno de mis clientes, paga bien y no me juzga.

—Está bien, está bien —asentí, sin querer entrar en esa batalla, pues no era de mi incumbencia—. No era mi intención insultarte, pero todos me aconsejáis que no me acerque a los grandes, aunque ninguno de vosotros os alejáis mucho de ellos. Los demás tenemos que arrastrarnos por los barrios bajos para poder sobrevivir y, ciertamente, desde mi punto de vista, todo tiene mejor pinta si se está rodeado de lujos. ¿Sabes cuál va a ser el trabajo de Cerian?

—Algo me han contado —admitió Kira—. Veremos lo que dura ese estúpido al lado de Surto Caso.

—¿Qué crees que es mejor, estar paseando por las calles junto a Surto Caso o serpenteando por cualquier lugar oscuro para el Barbicalvo? —la espeté.

—Hablando del Barbicalvo, ¿qué tienes que hacer con él? —preguntó Kira—. Solo me han dicho que voy a ser la intermediaria.

—Tengo que capturarlo, vivo o muerto —respondí—. ¿Ahora crees que el trabajo de Cerian es más peligroso que el mío?

—¿Y por qué has aceptado esa locura de trabajo? —inquirió Kira, abriendo los ojos con asombro.

—No he podido rechazarlo. Si no aceptaba, me metería en problemas muy serios —admití—. Además, si hago este trabajo, tendré el futuro asegurado. Dejaré de ser un paria.

—Si lo haces… —dijo Kira, mirándome con una cara que dejaba claro que ella pensaba que el cometido era poco menos que imposible—. No eres el primero que mandan en busca del Barbicalvo. Los restos de algunos que lo han intentado han aparecido tirados en un callejón… de otros no queda ni eso. ¿Qué te hace pensar que tú podrás capturarlo?

—Estoy desesperado y no tengo que perder —admití.

—Eres un insensato.

—No lo niego.

—Toma —me dijo, entregándome una bolsita que tintineó al pasar de manos—. Me han dicho que esto es para ti.

—Gracias, me vendrá bien.

—¿Y cómo piensas capturar al Barbicalvo? —preguntó Kira.

—No tengo ni idea —admití—. Lo primero que debo hacer es localizarlo y ganarme de nuevo su confianza. Si no me mata nada más verme, ya veré cómo tenderle alguna trampa para atraparlo.

—No te fíes de nadie —me previno Kira—. El Barbicalvo tiene comprados a algunos de los hombres del capitán Mersio.

—Eso ya lo sé. Ese es el motivo por el que solo lo sabemos el capitán, tú y yo —le aclaré—. Ni siquiera Cerian conoce lo que voy a hacer. Ya sabes que es un poco bocazas.

—Sí, es mejor que él se quede aparte —asintió Kira—. Con un poco de suerte, aprende algo del Gobernador y madura.

—¿Le has visto? —pregunté.

—No —dijo Kira—. Surto Caso exige dedicación absoluta a sus guardias personales. Dudo que haya salido de fuerte Caolina. No sé cuánto aguantará encerrado ahí arriba.

En ese momento sonó la campanilla de la puerta. Alguien entró.

—Señora, debería salir —dijo Clatilda en voz alta desde la tienda.

—No quiero molestarte más —dije, mientras me acercaba a la puerta, supuse que algún otro cliente—. ¿Quedamos un día de estos para ponernos al día y recordar los viejos tiempos?

Ambos salimos de la trastienda.

—Hoy no puedo, pero quizás mañana… —Kira no terminó la frase.

Descubrí ante mí a Zapato, un enorme numazur de piel oscura que yo conocía bastante bien, pues era la mano derecha del Barbicalvo. Le acompañaban otros dos hombres malcarados y de gesto hosco. Ambos apoyaban sus manos en las empuñaduras de los cuchillos que llevaban al cinto.

Por un instante, todos nos quedamos en silencio. Yo estaba sorprendido de que me hubieran encontrado tan rápido, pero, conociendo la red de informantes que tenía el Barbicalvo, era de esperar.

—¿A qué habéis venido? —les espetó Kira de malos modos.

—El pequeño ratoncito debe acompañarnos a dar un paseo —explicó el numazur a Kira, como si yo no estuviera presente o no fuera relevante mi opinión.

—¿A dónde? —pregunté, asiendo el puño de mi espada.

—¿En serio? —preguntó Zapato, mirando hacia alrededor—. Tu amiga tiene una tienda muy bonita; no querrás que sufra desperfectos, ¿verdad?

—Vamos a la calle —dije haciendo un ademán con la mano para invitarlos a salir—. Vosotros primero.

Zapato se encogió de hombros, pero aceptó mi petición. Tras una leve inclinación de cabeza hacia Kira, salió acompañado de sus dos compañeros. Yo los seguí después. Mi amiga se quedó mirando la escena desde el dintel de la puerta de su tienda. Una vez fuera, volví a preguntar:

—¿A dónde queréis que vaya?

—Ya lo sabes —respondió Zapato, encogiéndose de hombros—. ¿No querrás que te obliguemos a venir con nosotros?

—Creo recordar que nuestras deudas están saldadas, ¿para qué queréis que vaya? —dije sin moverme del sitio. Mi misión era precisamente ésa, ir con ellos, pero entendí que tenía que hacerme un poco el remolón para que no sospecharan de mí.

—Hay alguien que quiere saludarte, nada más —dijo Zapato.

—Bien, dime donde vive y yo ya me acercaré a hacerle una visita —repliqué.

—Sabes que las cosas no funcionan así —dijo Zapato, sonriendo a desgana—. Podemos discutir todo lo que quieras, pero vas a venir conmigo, lo quieras o no.

—Está bien, iré con vosotros —cedí cuando me di cuenta de que no merecía la pena alargar más la situación. Luego me giré hacia Kira—. Si puedo, mañana me paso antes de que cierres y seguimos poniéndonos al día.

—Cuídate —me dijo mi amiga con aire un tanto preocupado, viendo cómo me alejaba acompañado de los tres matones.

Fuimos hacia los barrios bajos, como era de suponer. Cuando estábamos a mitad de camino, vi venir a un par de guardias de la ciudad por la calle por la que avanzábamos. Caminaban con aire indolente y despreocupado, aunque se fijaban bien en cada uno de los transeúntes con los que se cruzaban. Vi que, a nuestra derecha, se abría un estrecho callejón.

—Si no os parece mal, me gustaría avanzar por esta calle —le dije a Zapato—. De repente, me siento indispuesto.

—¿En serio? —rio Zapato, mirándome a mí y también a los guardias.

Yo iba a meterme por el callejón, pero la manaza del numazur cayó sobre mi hombro y me detuvo. Luego sonrió y negó con la cabeza.

Los dos guardias siguieron paseando tranquilamente. Yo miraba aterrado a todas partes sin saber dónde o cómo esconderme. Cuando llegaron a la altura en la que estábamos, sus cabezas nos miraron brevemente. Se dieron cuenta de quién era yo, pues se detuvieron un instante. No obstante, a un ligero cabeceo de Zapato siguieron su camino, mirando a todas partes menos a donde nos encontrábamos. Era como si hubiéramos dejado de existir para ellos.

—¿A que ya te sientes mejor? —me preguntó Zapato, guiñándome un ojo.

—Pues sí, se me ha pasado el malestar de forma milagrosa —sonreí, mientras negaba con la cabeza.

Una vez que entramos en los barrios bajos, el paisaje cambió. Dejamos atrás los edificios ilustres y las avenidas empedradas. Allí había casuchas, algunas de madera y otras de adobe, rodeadas de charcos de barro y basura. Los viandantes también eran distintos: muchos de ellos parecían trabajadores humildes, pero también había chiquillos descalzos que te robaban la bolsa al menor descuido y truhanes ociosos que observaban con peligroso interés a cualquiera que pasaba.

Sin embargo, ninguno de ellos osó acercarse al grupo en el que yo iba. A mi lado se encontraban los hombres del Barbicalvo. Todos sabían que meterse con cualquiera de ellos era sinónimo de buscarse un montón de problemas innecesarios.

Nos dirigimos hacia una vivienda en ruinas. Había varios críos en actitud ociosa justo delante de la desvencijada puerta de entrada. Todos se apartaron de forma apresurada cuando accedimos al interior. Yo no dudé de que esos niños tenían la misión de vigilar a quienquiera que quisiera traspasar ese umbral. Tras atravesar la vivienda sin detenernos, salimos por la parte trasera a un patio estrecho. Allí había cuatro matones sentados en unas cajas de madera mientras jugaban a las cartas en silencio. Seguimos avanzando sin que nadie pareciera fijarse en nadie.

Nos metimos por otra puerta, una que daba a un edificio más grande. Parecía una especie de almacén, aunque no pude identificar qué era lo que se guardaba allí, pues enseguida los dos acompañantes de Zapato retiraron una caja voluminosa de madera, de unas dos varas de largo por otras dos de ancho. Al moverla, descubrieron unas estrechas escaleras que estaban ocultas debajo.

Me asomé con cierta reticencia: abajo, después de muchos escalones, se intuía el resplandor de alguna luz. Zapato me hizo un ademán para que fuera delante de él. Sin muchas alternativas, comencé a descender los escalones, con los tres matones a mi espalda. Las sensaciones no eran buenas; dicho en pocas palabras: yo estaba aterrado.

Llegué a una pequeña sala circular iluminada por unas cuantas velas. De esta salían un par de pasillos, esta vez oscuros, pero no muy largos, pues se intuía luz al final de estos.

Escuché un grito desgarrador. Me heló la sangre. Era el chillido de alguien que sufría un agudo y terrible dolor. Miré de forma aprehensiva hacia las escaleras de subida, pero Zapato cubría mi retaguardia. Me hizo un gesto para que avanzara.

Caminamos por uno de los pasillos, casualmente del que provenían esos alaridos agónicos. No fue muy largo el trayecto, tras caminar durante un pequeño trecho, entramos en una cámara amplia y llena de columnas que, si yo no me equivocaba, sustentaban el almacén que había en el piso superior.

Allí estaba el Barbicalvo, alto y espigado, con sus anillos y collares de oro, su barba oscura salpicada de canas y, cómo no, su distintiva cabeza calva, sin un solo pelo. En ese momento estaba sentado en un sillón grande y aparatoso, casi como un trono, mientras observaba cómo dos de sus hombres se dedicaban a partirle los dedos a un tercero, que se retorcía y gemía de dolor.

—Así aprenderás a no meter la mano donde no debes —dijo el Barbicalvo con dureza al infeliz que sollozaba a sus pies—. Si permito que me robes, ¿qué pensará la gente de mí? Creerán que cualquiera puede hacerlo. Lo siento, sé que eres mi primo, y te quiero, pero debo dar ejemplo. —Luego reparó en los recién llegados y sonrió mostrando varios dientes dorados—. Quitad de mi vista a este imbécil —ordenó, haciendo un ademán con la mano.

Sus dos matones se llevaron a rastras al desgraciado, que al principio forcejeó para intentar evitarlo. Sin embargo, un par de patadas certeras le hicieron desistir de cualquier intento de resistencia.

—He traído al Ratón —dijo Zapato a modo de presentación.

—Ya lo veo —asintió el Barbicalvo, pensativo. Se hizo el silencio durante un momento. El Barbicalvo se mesó la barba hasta que volvió a hablar—: Estoy confuso, Ratón. No entiendo muy bien qué narices haces aquí, en Darona. Llegaste, y el capitán Mersio te metió en una de sus celdas. Luego, después de un par de días sin ver el sol, te echó a patadas de la ciudad. Sin embargo, has vuelto a cruzar las murallas tras una divertida persecución desde las puertas. Y yo me pregunto: ¿para qué?

—Tengo mis motivos —repuse, haciéndome el interesante.

—Deben ser unos motivos muy poderosos para arriesgarte de esa manera —dijo el Barbicalvo—. Estoy pensando en entregarte yo mismo al capitán, quizás haya alguna recompensa.

—No obtendrás nada de ese bribón —repliqué—. Es un ladrón y un estafador, y tú deberías saberlo mejor que nadie.

—Lo sé, lo sé —dijo el Barbicalvo—. Lo que no consigo entender es a qué fuiste a fuerte Caolina. Vamos, dime qué se te ha perdido a ti en las altas estancias de la ciudad.

—Intentar cobrar una deuda —mentí a medias—. Pero en vez de recibir el pago acordado, me metieron en una celda.

—Pero te sacaron enseguida, ¿no? —preguntó el Barbicalvo.

—Nos dejaron libres, pero con la condición de que mi amigo Cerian se convirtiese en el perro del Gobernador —respondí—. Sin embargo, a mí me invitaron a irme.

—Pero aquí estás —dijo el Barbicalvo—. De nuevo en la ciudad, ¿por qué?

—Algunas veces soy obstinado —dije—. Me he propuesto cobrar mi deuda.

—¿En qué consiste esa deuda y cómo se produjo? —preguntó el Barbicalvo.

—No puedo hablar de ella —repuse, ideando una mentira—. Juré por mi honor que no lo revelaría y pienso cumplirlo. Pero otra cosa muy diferente es no reclamar lo que es mío.

—Te ofrezco mi ayuda para cobrar esa deuda —dijo el Barbicalvo—. Es lo menos que puedo hacer por un viejo colaborador.

—Y yo te lo agradezco —dije, haciendo una pequeña reverencia con la cabeza—. Imagino que querrás un porcentaje por tu desinteresado apoyo.

—No necesariamente —dijo el Barbicalvo, mirándome fijamente—. Como no parece que tengas mucha plata dentro de tu bolsa, puedo buscarte algún trabajito que te ayude a devolverme el favor.

—De momento aguanto —dije después de pensarlo un instante. Antes de que me liara en cualquier embrollo, yo quería meditar bien la forma de capturarlo—. No obstante, si veo que lo necesito, serás el primero con el que hable.

—¿El primero? —rio el Barbicalvo, enarcando una ceja—. Creo que se te han subido un poco los humos, muchacho. Cuando te he ofrecido mi ayuda, intentaba ser amable. Pero veo que tendré que dejarte las cosas claras porque parece que eres un poco estúpido y no te enteras: trabajarás para mí o dejaremos de ser amigos. Esto último implica que, después de que Zapato te dé una despedida acorde, dejaré lo poco que quede de ti en la puerta de fuerte Caolina para que nuestro amigo Mersio disponga de ti como le plazca.

—Bien, ante tan certeros argumentos, no puedo negarme —dije con sorna—. ¿Y qué es lo que quieres que haga para que sigamos siendo amigos?

—Ya hablaremos de ello —dijo el Barbicalvo, sonriéndome con satisfacción.

No llevaba ni cinco días en Darona y ya veía que mis problemas no hacían más que crecer. Cierto era que había encontrado no solo un trabajo, sino dos. Sin embargo, lejos de hallar la tranquilidad y la estabilidad que yo deseaba, intuía que ya estaba nuevamente abocado a padecer los mismos sufrimientos de siempre.

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